Jehová Dios de Israel, no hay Dios como tú, ni arriba en los cielos ni abajo en la tierra, que guardas el pacto y la misericordia a tus siervos, los que andan delante de ti con todo su corazón. 1 Reyes 8:23 (RVR60)
No me gustan las ventanas sucias y opacas. Tampoco los autos que traen vidrios polarizados y que no me permiten ver hacia adentro. Pero así solemos andar por la vida. Mirando a través de ventanas turbias y rayadas que distorsionan la realidad. La oración, sin embargo, nos ayuda a limpiarlas para ver bien.
Salomón comenzó su reinado con el pie derecho. No solo pidió sabiduría, sino que hizo de la oración una prioridad. Reconoció que, aunque Dios moraba dentro de la nube, podía acceder a Él. ¿El resultado? Aunque dominó todo Israel, la oración le permitió desenmascarar esa idea de control. Salomón sabía que Dios reinaba. Aunque acumuló tesoros y caballos, las cosas no lo poseyeron. A pesar de tener más que ningún otro, en sus tratos percibimos humildad.
Entonces dejó de orar. Quitó su atención de Dios y la colocó sobre cultos paganos y el agradar a sus muchas esposas. Cuando eso sucedió, las ventanas de su vida se volvieron a empañar y dejó de mirar con claridad. Se volvió un rey autócrata que cobró impuestos para sostener su estilo de vida. Sus riquezas gobernaron su corazón y su «yo» conquistó su alma.
Sigamos el ejemplo del joven Salomón. Acudamos a Dios con rodillas dobladas y dejemos que el tiempo con Él elimine las manchas en los vidrios y podamos así contemplar su hermosura. Recuerda, la oración nos hace ver la realidad de que Dios está en control, que Él es todo lo que necesitamos y que nos ama profundamente.
Señor, vengo a ti con humildad. Quita lo opaco y ayúdame a ver.
Tomado de Un año en el Antiguo Testamento, Origen
