George MacDonald creó un mundo fantástico para sus hijos. Uno de mis cuentos preferidos se llama «La princesa ligera». Al modo de la Bella Durmiente, la pobre niña recibe una maldición de una bruja (tía no convocada al bautizo), y pierde toda gravedad. La niña, en pocas palabras vuela, y debe ser sujetada con cuerdas y listones.
MacDonald dice: «Lo mejor que puedes hacer por tu prójimo, además de despertar su conciencia, no es darle temas para pensar, sino despertar lo que ya está dentro de él; es decir, hacerlo pensar por sí mismo».
Esto logra la fantasía de una manera muy especial. Los cuentos y las novelas nos llevan a nuevos mundos donde no se trata de leer lo que otros dicen sino de descubrir, junto con los personajes, lo que hay dentro de nosotros. Y entonces, como en el caso de la princesa, nos damos cuenta de que cuando vivimos vidas egoístas, apartadas y livianas, perdemos la gravedad y flotamos.
Solo en el agua la princesa puede ser «normal», pero llega el día que incluso esto la fatiga y la agota. Entonces un día descubre el amor y la importancia del sacrificio. ¿Y qué pasa?
La princesa estalló en lágrimas y cayó al suelo. Allí permaneció una hora, y sus lágrimas no cesaron. Todo el llanto reprimido de su vida se desbordó. Y cayó una lluvia como nunca se había visto en el país. El sol brilló todo el tiempo, y las grandes gotas, que caían directamente a la tierra, brillaban también.
El palacio estaba en el corazón de un arco iris. Era una lluvia de rubíes, zafiros, esmeraldas y topacios. Los torrentes brotaban de las montañas como oro fundido; y si no hubiera sido por el desagüe subterráneo, el lago se habría desbordado e inundado el país. Rebosaba de orilla a orilla.
Pero la princesa no hizo caso al lago. Se tumbó en el suelo y lloró, y esta lluvia dentro de la casa era mucho más maravillosa que la de afuera.
Cuando la lluvia cesó y ella se puso de pie, se sorprendió al descubrir que no podía. Al final, después de muchos esfuerzos, logró ponerse de pie, pero volvió a caer al suelo. Al oírlo, su anciana niñera lanzó un grito de alegría y corrió hacia ella gritando:
—¡Mi niña! ¡Has encontrado la gravedad!
Que Dios nos ayude a encontrar la «gravedad» en el amor y el sacrificio; que dejemos de ser personas que solo buscan su bienestar y satisfacción personal, pues nos daremos cuenta de lo bello que es andar con dos pies y poder «caer al suelo» solo para levantarnos una vez más y volver a amar.
