La hija del leñador se casó con el carpintero. Por lo menos Gustav le daba un poco más de confianza pues se mudaron el pueblo. Ya no vivían tan cerca del bosque, ese bosque terrible que le provocaba el mayor de los miedos.
Pero no contaba con Adelaida. Su hija de siete años tomó una canasta.
—Mamá, ¿puedo ir a recoger flores?
Gretel arrugó la frente.
—¿A dónde quieres ir?
—Al bosque. Ahí hay muchas.
—Te lo he dicho miles de veces. Tienes prohibido ir al bosque. Jamás pondrás un pie en ese bosque. El bosque está repleto de monstruos y peligros.
—Pero, mamá… Todos van al bosque de vez en cuando. Mis primos lo hacen también.
Gretel torció la boca. ¿Cómo convencerla? Gustav cedería a los encantos de su hija. Siempre lo hacía. En eso, alguien tocó la puerta. Gretel saltó de su asiento.
—Tranquila, mamá. Es solo mi tío Hansel.
Su hermano, erguido y apuesto, abrazó a su hermana.
—¿A qué se debe esa cara de pocos amigos, Gretel?
—Mamá no me deja ir al bosque —se quejó Adelaida—. Solo quiero ir a cortar flores. Le he dicho que mis primos pueden ir. ¿Por qué yo no?
Hansel intercambió miradas con su hermana.
—Ve por un poco de leche para mí, pequeña.
Adelaida resopló con fastidio y tomó el cubo donde guardaba la leche después de ordeñar a la vaca. Hansel miró a Gretel con intensidad.
—¿Aún tienes miedo?
—El bosque es un lugar peligroso. Tú lo sabes mejor que nadie. No quiero que Adelaida se tope con… algún peligro.
—Dirás, con una bruja dentro de una casa hecha de galletas. Pero eso fue hace mucho tiempo, y si recuerdas bien, Dios nos protegió de todo mal.
—Para ti es fácil. Pero ¡yo maté a esa bruja! ¿Qué tal si se quiere vengar de mí por medio de mi hija?
Hansel sujetó las manos de su hermana.
—Ven conmigo.
Gretel luchó con todas sus fuerzas, pero por temor al qué-dirán, dejó que su hermano la llevara al bosque. Cada paso le resultó una tortura. Los recuerdos la abrumaron. Piedrecitas blancas, trozos de pan, una cuerda entrelazada entre los troncos. Reconoció el camino. Iban directo a la casa de esa malvada bruja.
—Serénate, Gretel —le ordenó su hermano.
¿Pero cómo tranquilizar su corazón? Finalmente cruzaron los arbustos. Donde antes había estado la casa de galletas había un espacio vacío. Los pájaros cantaban, la luz del atardecer iluminaba la escena.
—Por eso permites que tus hijos vengan. Sabes que no está la bruja.
—No es por esa razón. De hecho —le confesó Hansel—, no me había parado por aquí desde aquella vez.
—¿Entonces?
—Cada vez que mis hijos cruzan la puerta, le pido a Dios que los proteja y los dejo ir. Soy un simple leñador, no un religioso, pero sé que Dios es más grande que cualquier bruja.
Al día siguiente, Gretel preparó dos canastas.
—¿Iremos al bosque? —sonrió Adelaida.
—Así es. Por ser la primera ocasión, te acompañaré. Después irás sola.
Una hora después, con la brisa del campo en sus mejillas, Gretel sonrió. Por primera vez en mucho tiempo sentía paz. Y recordó lo hermoso que era el bosque.
Tomado de Suspiros para mamá, editorial Verbo Vivo
