Los nuevos héroes de la traducción bíblica

Por Keila Ochoa Harris

Mi abuelo solía predicar que solo dos cosas son eternas: la Palabra de Dios y las almas de los hombres. Por esa razón, hace unos veranos nuestra familia visitó San Juan Atzingo, en el estado de Puebla, México, pues queríamos que nuestros hijos vieran que no todos los traductores bíblicos son rubios y altos, sino que hay una nueva generación de héroes: los traductores indígenas.

A 1,462 metros de altitud, San Juan Atzingo tiene apenas unos 3,000 habitantes, pero su letrero de bienvenida nos recuerda que orgullosamente hablan el ngiva, de la familia de lenguas popolocas.

Llegamos durante la Escuela Bíblica de Verano y vimos a más de cuarenta niños que no solo aprendían sobre la vida de José en Génesis, sino que ocupaban treinta minutos diarios para aprender a leer en su lengua.

Como en muchos otros pueblos, los niños aprenden a leer y escribir en español, pero a riesgo de perder sus raíces, y a pesar de que se comunican principalmente en ngiva, no saben cómo decodificar su idioma atonal. Por esa razón, el equipo de traductores de la región se preocupa por enseñarles a leer las historias bíblicas en su propia lengua.

¿Y por qué es tan importante que esto suceda? Si hablan español, ¿no basta la Reina Valera 1960? Recuerdo el día que mi hijo preguntó: «¿Qué idioma habla Dios?». ¿Por qué tantos idiomas? ¿Se remonta todo a la Torre de Babel?

Los expertos le han llamado el «idioma materno» o del corazón, el idioma del vientre con el que pensamos y soñamos, y que para cada ser humano es distinto y único. Puede ser el francés o el portugués, el náhuatl o el tagalo. Y cuando gente como Cameron Townsend comprendió la importancia de que la Biblia, la Santa Palabra, estuviera en la lengua de de cada etnia, muchos salieron de sus universidades para dedicar sus vidas para aprender nuevos idiomas y traducir las Escrituras.

Emmanuel Martínez, sin embargo, no cursó una licenciatura. Y quizá por eso muchas veces se ha preguntado si es el indicado para esta sagrada misión. La familia de Emmanuel es originaria de San Juan Atzingo. A los once años, Emmanuel vivía en Coapa, cerca de Tehuacán, la ciudad más grande cerca de su pueblo, pero dos tragedias sacudieron su vida. La primera fue el alcoholismo de su padre, quien con violencia regía a su familia y cuyo vicio los mantenía en la pobreza. La segunda era su analfabetismo. No sabía leer ni escribir.

Veía como otros niños se detenían delante de los letreros y comprendían lo que esos símbolos negros transmitían, pero él no podía hacerlo. En una de sus visitas al pueblo, se sentó en una de las bancas del templo evangélico y contempló al hombre que estaba de pie al frente sosteniendo un libro de pasta verde. «Dios, si aprendo a leer y a escribir, un día estaré ahí al frente, leyendo de ese libro».

Luego otro hombre se puso de pie, esta vez con un libro de tapa negra, y habló en su lengua de las maravillas de ese volumen que decía era la Palabra de Dios. «Señor», repitió en su interior, «si me enseñas a leer y a escribir, un día seré yo quien esté ahí predicando de ese libro negro».

Para su sorpresa, su madre accedió a que Emmanuel intentara ingresar a la escuela y así lo hizo. Pero lo colocaron en el nivel pre-escolar, ¡siendo él de once años! Sin embargo, las muchas burlas y problemas no lo detuvieron. Avanzó por la primaria, la secundaria y alcanzó la preparatoria. ¡Dios había escuchado!

Sin embargo, hubo un milagro más: su padre conoció a Jesús y abandonó el alcohol. La vida de su familia comenzó una lenta, pero certera transformación. Su padre empezó a ayudar a las lingüistas del pueblo, dos mujeres norteamericanas que merecen otra historia, y cuando su padre murió, Emmanuel sintió que debía continuar la labor que había comenzado.

Al equipo se unió su hermano Carmelo quien solo terminó la primaria y se fue a vivir a Estados Unidos en busca de dinero para que su madre tuviera la atención médica que necesitaba para mejorar su salud. Pero estando en Estados Unidos, escuchó la voz de Dios. Allá se bautizó y se convenció que su lugar no estaba ahí, sino en San Juan, donde hoy se dedica a redactar los primeros borradores del Antiguo Testamento.

Muchas veces al día se pregunta si es el indicado para esa labor por su falta de estudios, pero Dios le recuerda que lo es porque conoce a su gente y su cultura, porque Dios lo ha capacitado de manera sobrenatural para la tarea a la que ahora se dedica a pesar de los problemas económicos, de sus labores como padre y esposo y de las dificultades en el camino.

El Nuevo Testamento, los Salmos y los Proverbios ya se han publicado. La Biblia que se distribuye en ngiva tiene una hermosa presentación con ilustraciones. Actualmente han finalizado hasta 2 Samuel, pero falta camino por recorrer.

Quizá es fácil distraernos por los temas que ocupan las primeras planas y las agendas ministeriales, pero se queda en el olvido de la iglesia la labor silenciosa y ardua de los traductores bíblicos.

Los traductores bíblicos por lo general son personas que no ocupan los escenarios ni se paran delante de los reflectores, pues su trabajo requiere diligencia y atención. Son meses y años de labor los que producen apenas unas páginas del canon. Y si a duras penas oímos de la labor de traductores de primer mundo, ¿qué sabemos de los traductores indígenas?

Nosotros también podemos animarlos. Hay cerca de cien traductores indígenas solo en México. Tal vez debamos reconsiderar como pueblo de Dios el dirigir nuestros recursos para que la gente conozca el texto bíblico. Nuestras ofrendas pueden sostener a los traductores que todavía tienen mucho trabajo por delante. Nuestras visitas los pueden animar a seguir adelante. Todos necesitamos recordar que no estamos solos. Podemos ser esa nube de testigos que nos apoyamos mutuamente.

Hay dos cosas eternas: la Palabra de Dios y las almas. Todo lo demás —edificios, proyectos, plataformas digitales, números— pasará por el fuego y muy poco quedará de pie. Pero la Palabra de Dios no. Gracias a Dios por los valientes que dedican su tiempo a traducir las Escrituras al idioma del corazón de cada pueblo y nación.

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