El mejor abuelo

¿Aún existen los hombres de fe como aquellos héroes que aparecen en Hebreos 11?  ¿Es posible parecernos a Jesús y seguir sus pisadas?  ¿Habrá quien experimente victorias en su diario andar como hijo de Dios?  Quizás el mundo se ha encargado de eclipsar las vidas de misioneros mostrándolos débiles, aburridos y sin mayor atractivo que el del auto sacrificio, algo pasado de moda, a comparación de los adinerados o talentosos que posan en revistas o ganan premios. Pero cuando uno de los hombres de Dios toca tu vida, cuando entras en contacto con uno que ha visto al Señor y cuyo corazón rebosa en su presencia, entonces percibes las cosas de modo distinto.

Cuesta trabajo escribir cuando las lágrimas te traicionan, cuando el sentimiento es tan intenso que no permite describir con claridad, pero intentaré proyectar un poco de un gran hombre que ya no está con nosotros, aunque su recuerdo difícilmente desaparecerá de los corazones de su familia y aquellos que lo rodearon.

Mi abuelo, Ronaldo Harris Milton, nació en la ciudad de Orizaba, hijo de misioneros ingleses que radicaron en dicho lugar desde inicios de siglo. Creció en un hogar estricto, manchando sus dedos en la tinta de la imprenta que repartía folletos llamados “El Sembrador”, distribuidos en México y otras partes del mundo.  Desde pequeño viajó hacia los Estados Unidos donde recibió su educación secundaria y universitaria, regresando en las vacaciones para trabajar en la imprenta.

En aquellos años, mi abuelo convivió con jóvenes que anhelaban servir al Señor. Entre sus compañeros de universidad se hallaba Jim Elliot, quien murió a mano de los Aucas cuando fue de misionero a Ecuador, mientras Ronaldo, o don Ron como lo llamarían después, regresaba a México para cumplir con el llamado de su Dios.  Su ministerio se centró en Tehuacán, Puebla, en donde formó su hogar.  Se casó con Dorita Howard, y tuvieron cinco hijos, Julia, Paty, Timo, Betty y Dani.  La Iglesia en la que sirvió aumentó en número, en conocimiento, y muchos recibieron de él consejos invaluables, ayuda económica, anímica, espiritual, instrucción bíblica y amistad. 

Sin embargo, es poco lo que puedo hablar de sus años de ministerio, los cuales no compartí, así que me referiré a mis recuerdos como su nieta, la mayor, haciendo eco de los sentimientos de mis demás primos quienes estoy segura comparten estas preciadas memorias como un tesoro.

Las Navidades gozaron de un toque mágico de las que él se encargó.  Cada año traía alguna novedad, algún momento especial que no sólo se capturaba en el rollo fotográfico, sino también en la conciencia.  Él y mi abuelita siempre se esmeraban por regalarnos algo, sin distinciones o preferencias.  Un año fueron cojines para las “niñas”, corbatas para los “niños”. En otra ocasión, las pequeñas recibimos muñecas de trapo que conservamos por años, constante recordatorio de Grandpa y Grandma, como los nombrábamos.

Resaltan las Navidades del trompo, del balero y de los zancos.  Sí, Grandpa  regaló a cada nieto un par de zancos que de primera impresión nos obligó a abrir la boca con un tanto de desilusión y sorpresa.  Pero cuando realizamos nuestros pininos, equilibrándonos en la madera y avanzando poco a poco, olvidamos otros juegos.  Se organizó un día de campo y nos lanzamos en nuestros vehículos prehistóricos para competencias, diversión y muchas risas.

Las fotografías siempre muestran a Grandpa en la cabeza de la mesa presidiendo las comidas, compartiendo anécdotas y adivinanzas en las que debías usar tu cerebro al máximo, entonando villancicos con pasión y preparando el pavo, su labor exclusiva para la comida del veinticinco de Diciembre.

De niños nos encantaba la chimenea a la que lanzábamos papel o alimentábamos con varas.  Él tenía su sillón en el que se sentaba a contemplar el fuego o a platicar con los mayores, mientras los nietos preparábamos obras de teatro que presentábamos para deleite de nuestro incondicional auditorio. 

También las vacaciones de verano en casa de los abuelos resultaban emocionantes.  En cierta ocasión mis hermanas y yo nos quedamos sin papás con Grandpa y Grandma.  Cada noche, Grandpa sacaba un juego de mesa o nos  daba una lección de Geografía o Inglés, pero lo que no esquivábamos era el tiempo devocional después de la comida.  Leíamos el pasaje bíblico, el comentario y orábamos por los misioneros, un país distinto cada día.  Si bien no saltábamos de gusto por timidez o porque precisamente esa semana estudiaban un libro del Antiguo Testamento que nos pareció complicado, no olvidaremos esos instantes alrededor de la mesa en comunión con Dios.

Grandpa tenía un cuadro en la cocina, un anciano barbado en posición de oración, sentado frente a una mesa en la que posaban una Biblia, un pan y jalea.  Una Navidad, mi hermana que tendría unos ocho o nueve años preguntó quién era.  Grandpa dijo que se trataba de su Grandpa.  “¿Y por qué tu Grandpa ora todo el día?”  La respuesta fue que anhelaba un poco más de comida, pues sólo tenía ese trozo de pan.  La idea de que el Grandpa de Grandpa no recibiera contestación a su petición nos embargó. 

A la siguiente mañana, cuando Grandpa entró a la cocina, encontró su cuadró plagado de recortes de revista que mostraban pavo, ensaladas, sopas, papas fritas, Coca Cola y una serie de suculentos manjares. ¡Oración contestada!  Un año después, cada familia recibió de regalo un cuadro en donde “nuestro” Grandpa aparecía en posición de oración, sentado frente a una mesa en la que posaban una Biblia, pan Bimbo y crema de cacahuate, y en el fondo se veía el cuadro de la cocina.

Sin embargo, él no querría que las páginas se llenaran con datos de su vida, sino con los de su Señor.  Él siempre insistió que no lo viéramos a él, sino a Aquel de quien predicaba.  Tiernos detalles lo colocaron en un sitio privilegiado en nuestros corazones, pero su mayor legado hacia nosotros se resume en una palabra: ejemplo.

Él nos enseñó a servir al Señor desde nuestra juventud.  Él nos mostró que una vida victoriosa es posible si Cristo ocupa la prioridad en nuestras decisiones.  Él nos contagió la pasión por estudiar la Palabra de Dios con profundidad. 

Sus últimos meses fueron duros.  Quimoterapia, radiaciones, medicamento, cáncer.  ¿Se quejaba?  No, enfrentaba el dolor en silencio.  “No se preocupen por su Grandpa”, nos decía mientras nosotros nos derretíamos de pena por dentro.  ¿Su tema de conversación en esos oscuros días?  Su Señor Jesucristo, a quien cada día amaba más. Leía la Biblia con nuevos ojos, repetía sus versos preferidos, y anhelaba el cielo.

Confesó que a pesar de sus muchos años de creyente, conocía muy poco a su Salvador.  ¡Qué palabras para un hombre que llevaba tanto tiempo a su servicio!  Pero reconocía su necesidad de él, en la enfermedad y en la salud.   En especial un texto se grabó en nuestros corazones:  “Me mostrarás la senda de la vida; En tu presencia hay plenitud de gozo; Delicias a tu diestra para siempre” (Salmo 16:11).

Ronaldo Harris Milton experimentó ese gozo aquí en la tierra, pero ahora disfruta de las delicias del Padre en su presencia, aunque permanecerá por mucho tiempo en el recuerdo de sus nietos.  Quizás no le dijimos muchas veces que le amábamos, tal vez lamentamos no haber pasado más horas a su lado, pero una cosa es cierta, él nos amó y nosotros también.  El amor se demuestra de mil formas y él usó cerca de novecientas noventa y nueve.  ¿Exagero?  Probablemente, pues existen muchos abuelos que como él siguen al Señor y aman a sus familias.  Pero yo doy gracias a Dios en humildad por haberme dado a quien fue para mí, el mejor abuelo.

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