Por Keila Ochoa Harris
«Ya sé, ya sé lo que dice el decreto y no me importa. Tendremos pudín de Navidad, quiera Oliverio Cromwell o no».
Con esas palabras, Gillian regresó su atención a la mesa frente a ellas y combinó los trece ingredientes; por alguna razón su madre le enseñó que debían ser trece, ni uno más ni uno menos, quizá por los doce apóstoles y Jesús. De ese modo mezcló el zumo de limón, la harina, el pan rallado, el sebo de riñón de vaca, unos huevos, unas cuantas frutas secas, la melaza, las almendras, las manzanas, las especias, la cáscara confitada y el azúcar.
Pero mientras se ocupaba en sus labores su mente volvió a Agnes. Se la había encontrado unos meses atrás en las calles adoquinadas de Londres, tan agostas y tan torcidas como el dedo meñique que se lastimó de niña.
—¡Gillian!
—¡Agnes!
Las dos se miraron largo y tendido. Gillian deseaba reclamar su falta de atención. Las amigas de la infancia no se debían evitar, pero una mirada al vientre de la mujer más menuda en estatura la hizo detenerse.
—Estás embarazada. Lo siento tanto.
Sería el tercero de Agnes y después de dos buenos partos y tres veces que perdió al bebé, no se pronosticaban buenas noticias. Además, entre revueltas y sospechas políticas, no eran los mejores tiempos para pensar en criar hijos.
Gillian y Agnes se conocieron mientras ambas servían a Lady Howard y remendaban ropa y limpiaban la casona donde vivieron cuatro años. Su amistad se forjó a pesar de sus opuestas creencias religiosas. Y por esa razón, Agnes la evadía y Gillian se aguantaba sus ganas de buscarla. Agnes practicaba el catolicismo, religión penada en esos momentos, pero no siempre había sido así. Los bisabuelos de Gillian perdieron la vida bajo el mandato de María, la reina sangrienta.
—Pediré a Dios por ti.
—Hazlo si quieres, pero recuerda que tengo mi propia fe. Debo irme, pero….
—Agnes, si me necesitas, solo dilo —le dijo Gillian.
Agnes se ruborizó de pies a cabeza y se marchó sin decir más. Aunque juraron ayudarse siempre, y si bien Gillian estuvo presente cuando nació Jacobo, el primogénito de Agnes, su amiga jamás acudió a su llamado cuando Gillian parió. Dio a luz dos varones y en el tercer parto perdió a la niña unas horas después.
No quería pensar en eso, así que continuó con el budín. No había mejores fiestas que las navideñas. Cuando sus padres vivían, comenzaban los festejos el 25 de diciembre y duraban doce días hasta el 6 de enero. Se organizaban bailes y convites, y su madre siempre preparaba el más delicioso pudín de ciruela. Pero mientras el rey Carlos y Oliver Cromwell pelearon por el trono, no habría budín.
«Pero nadie se dará cuenta, y así como los dos años pasados, ninguno en mi familia me delatará».
