Los custodios de museos resguardan las creaciones y testimonios más valiosos de la humanidad. Sin embargo, son una especie en extinción. Casi nadie piensa en ellos ni agradece su trabajo, como defender los jarrones de antaño de dedos grasientos o prohibir el nocivo flash de una selfie.
En 2018, los custodios del Museo de Louvre se hartaron y decidieron detenerlo todo. Era un lunes de mayo cuando todos abandonaron sus puestos pues ya no podían controlar a la marejada de turistas que invadió su espacio. Ese año, recibieron más de diez millones de visitantes, 2.5 millones de franceses y 1.5 de estadounidenses, y el resto de todas las naciones de la tierra.
Entonces, las personas se dieron cuenta de la importancia de la labor de un custodio y se apreció un poco más el respeto que debemos a las obras de arte, aunque los custodios todavía se quejan de los grupos de adolescentes que llegan y se paran ante la Mona Lisa, la miran un segundo, y luego buscan dónde sentarse y mandar textos a sus amigos ¡que están en la misma sala!
Sin embargo, la labor de los custodios me hace pensar en la necesidad que tenemos hoy, más que nunca, de personas que cuiden y resguarden la belleza, la verdad y la pureza. Si tuviera que hacer una novela gráfica o una película de superhéroes quizá la llamaría: «Los custodios de lo bueno». La historia giraría alrededor de personas dispuestas a caminar una milla extra por resguardar la belleza de la naturaleza, la verdad bíblica y la pureza que aún puede existir en las mentes y en los corazones de quienes aman a Dios.
Como custodio, quizá no serías alabado, sino censurado, como cuando le lanzamos una mirada de odio al guardia que nos pide no cruzar la raya amarilla que nos impide acercarnos a la armadura romana del siglo III. Tampoco tendríamos un sueldo envidiable. Pero no solo estaríamos conservando, para las futuras generaciones, lo bueno y bello de este mundo, sino que tendríamos una oportunidad única.
¿Has visto la película «Una noche en el museo»? Vemos a un velador paseando por los pasillos del museo, ya sin turbas ni amenazas, disfrutando plenamente de pinturas y esculturas que lo conectan con la herencia de la humanidad. Del mismo modo, si te unes a mi propuesta de ser un custodio de lo bueno, aunque no seas valorada por los «temibles turistas», tendrás la rara y preciada oportunidad de contemplar lo bello y admirarte, de ingerir la verdad y vitalizarte, de experimentar la pureza y regocijarte.
¿Te unes?

Qué bella reflexión. Es triste que pocas veces percibamos o agradezcamos la labor de los custodios, cuando es por ellos que podemos apreciar el legado de los siglos, creación, belleza… Me sumo, qué genial usar la escritura para custodiar lo bueno.