Por Keila Ochoa Harris
Se acabó el shampoo y compré en la farmacia más cercana uno nuevo. Solo vi la imagen de un bebé y no me preocupé más del asunto, hasta esta mañana en que, mientras mis dos hijos se bañaban, comenzaron a llorar. La bebé de diez meses fue la más afectada, y mi primera reacción fue de irritación. ¿Acaso comenzaría a temer el baño? ¡Si lo disfrutaba tanto! Pero mi hijo de tres años me explicó que el shampoo ardía. Entonces lo revisé y me di cuenta que no prometía “cero lágrimas” como el que habitualmente adquiero.
Me hizo pensar que del mismo modo no puedo prometer a mis hijos una vida con “cero lágrimas”. ¡Lo que daría porque siempre estuvieran riendo! Pero las lágrimas son parte de la vida. Nos ayudan a comunicar (como en el caso de mi bebé), muestran impotencia y reflejan tristeza, aparecen en los berrinches e incluso se asoman en los momentos de mayor felicidad.
Lo cierto es que la situación del shampoo tiene solución. Mañana mismo compraré otro que diga: “cero lágrimas”. Pero enseñar a mis hijos a lidiar con las lágrimas será cuestión de tiempo, como lo ha sido en mi propia vida. Tendrán que aprender a guardar sus lágrimas en algunos momentos. Deberán aprender a hablar y comunicarse más que a llorar cuando necesiten algo.
Pero sobre todo, quiero mostrarles que sus lágrimas importan. Sus lágrimas me invitan a abrazarlos y consolarlos, pero también reflejan lo que ocurre dentro, en sus corazones. De ese modo, deseo llevarlos paso a paso hasta Aquel que enjugará las lágrimas y que las atesora de un modo especial.
Como el salmista, quiero que digan: “Tú llevas la cuenta de todas mis angustias y has juntado todas mis lágrimas en tu frasco; has registrado cada una de ellas en tu libro” (Salmo 56:8, NTV). La vida de un hijo de Dios no tiene “cero lágrimas”, pero las lágrimas cuentan, se atesoran, se registran y se enjugan.
