Por Keila Ochoa Harris
Madonna Badger lo tenía todo: tres hermosas hijas, sus padres, un novio, una casa hermosa a las orillas de Nueva York y un trabajo envidiable: realizaba campañas publicitarias para Calvin Klein. Pero el día de Navidad todo se vino abajo. Por la noche, removieron brasas de la chimenea para que San Nicolás no se quemara al descender la chimenea. Pusieron dichas brasas en un bote de basura, pero estas comenzaron a arder durante la madrugada y la casa se incendió. Todos salieron corriendo, y trataron de salvar a las niñas, pero las tres murieron, así como los padres de Madonna. No pudo salvarlos.
En otra noticia, una madre escuchó también que el incendio se apropiaba del primer piso de la casa. Corrió y reunió a sus hijos en una habitación. Decidió lanzarse al patio y así ir atrapando a los niños, uno por uno, mientras estos saltaban. Lo hizo así, pero los niños no quisieron brincar. Tuvieron miedo. No pudo salvarlos.
Como madre, hago todo lo posible por proteger a mi hijo del peligro. Cuido su alimentación, lavo su ropa, lo baño todos los días. Lo llevo a sus vacunas y vigilo que no pierda sus revisiones médicas. Incluso he llegado a pensar que daría mi vida por él. Cuando ha estado enfermo he clamado a Dios que lo salve, que lo sane, que lo libre de todo peligro, y si eso implica que yo sufra su enfermedad, lo acepto. Sin embargo, al final del día, como las dos madres del principio, debo reconocer que no puedo salvarlo.
Un accidente de auto. Una enfermedad terminal. Un descuido. Un incendio. Un huracán. Un terremoto. ¿Quién soy yo contra todas esas cosas?
Puedo enseñarle a nadar para que no se ahogue. Puedo enseñarle a marcar el número de emergencias para que pida ayuda. Pero puedo hacer algo mejor. Puedo mostrarle el camino de quien puede salvarlo: Jesús.
¿Y cómo se hace esto? Siendo yo un ejemplo de amistad con Jesús. Enseñarle una religión es sencillo. Haz esto. Di esto. Repite esto. Enseñarle una relación con Dios es más complicado. Requiere constancia, perseverancia, transparencia. Los niños que crecen en hogares religiosos pronto resienten las reglas y la hipocresía. Los niños que crecen en hogares donde Jesús reina, se sienten protegidos y buscan al mismo Señor que sus padres aman, adoran y siguen.
Que nuestros hijos vean en nosotros verdaderos seguidores de Cristo. Que podamos hablar con ellos para mostrarles que con Jesús en sus corazones, no importa lo que pase, ellos estarán libres de la perdición eterna. Si la muerte llega, en cualquiera de sus formas, ellos estarán a salvo.
Samuel Wesley, otro padre de la antigüedad, vio su casa en llamas. Corrió escaleras abajo con casi todos sus hijos. Mientras salían escuchó el grito de ayuda de uno de sus hijos más pequeños. Volvió a la casa, pero resultó imposible entrar. Con lágrimas en los ojos, buscó a su esposa. Ella estaba a salvo. Entonces, apareció el pequeño John y todos alabaron a Dios.
¿Cómo escapó del fuego? Un hombre apareció en su ventana y le tendió los brazos. John tuvo miedo del extraño y buscó a su madre en su habitación, pero cuando reconoció que todo estaba en llamas, regresó con el hombre extraño y aceptó su abrazo. Este pequeño, John Wesley, llegaría a ser un gran teólogo y predicador, fundador de la iglesia metodista.
Su padre casi no logra rescatarlo del fuego, pero hubo alguien que sí lo hizo. Del mismo modo, Jesús está en la ventana de nuestras vidas con brazos abiertos. Corramos a él, y luego llevemos a nuestros hijos a sus brazos. Solo así podremos salvarlos.
