Por Keila Ochoa Harris
En árabe la palabra absurdo significa incapaz de oír. Se dice que el mundo será lógico para alguien que es ciego o sin un brazo, pero el oído es crucial para encontrar el sentido del mundo en el que vivimos. Ser sordo, en otras palabras, te corta del diario vivir y te aísla del resto de la humanidad.
Estos datos deberían hacernos más compasivos con las personas que han perdido el oído de modo parcial o total, pero también nos hacen comprender un poco más sobre la vida espiritual.
Siempre me ha sorprendido la cantidad de veces que Dios usa el verbo “oír” cuando va a decir algo importante. Jesús advertía a su auditorio: “El que tiene oídos para oír, oiga”. ¿Por qué insistía en ello? Porque muchos tenemos oídos pero no oímos. Somos sordos, por así decirlo.
Antes de la gran verdad que los judíos hasta hoy recitan, Dios insiste: “Oye, Israel, el Señor tu Dios es uno”. Oye, oye. Cuando no lo hacemos, pensamos que la vida es absurda. ¡Y por supuesto que la encontraremos absurda pues actuamos con sordera!
Cuando oímos, el mundo adquiere lógica y perspectiva. Pero en el sentido espiritual, no se trata de oír por oír, sino de oír la voz de Dios y prestar atención cuando Él así lo requiere. Por algo Jesús comparó al que no oye con un hombre necio que construye sobre la arena.
Casi todo en esta tierra hace un sonido. En este instante escucho el tic tic de mis dedos sobre el teclado; escucho un autobús pasando cerca; oigo el silbido del tren en la distancia. Nunca estamos verdaderamente en silencio; es cuestión de escuchar. Sin embargo, la voz que le da sentido a nuestra existencia se encuentra en las páginas del libro llamado Biblia. No seamos sordos, y leámosla todos los días.
Cuando la vida parezca absurda o no hallemos lógica en lo que vivimos, quizá es porque hemos dejado de escuchar. “El que tiene oídos para oír, oiga”.
