(cuento ganador del PREMIO DE RELATO GONZÁLEZ-WARIS 2018)
Por Keila Ochoa Harris
Cortarse el cabello debería ser algo sencillo, pero para Freya resultaba una odisea.
—Lo que no entiendo, es porqué debes cruzar media ciudad para hacerlo —le decía Gustavo.
El “plan A” fracasó cuando Gustavo llamó para decir que había surgido una junta de último momento en la empresa y saldría hasta las seis de la tarde. Freya leyó el mensaje dos veces antes de convencerse que Martín, de seis años, y Sonia, de cuatro, no se quedarían toda la tarde comiendo palomitas y viendo su película favorita. No llegaría para alistarlos a la cama y luego sentarse en el sofá con Gustavo para ver el siguiente capítulo de su serie favorita sobre los dueños de una casona inglesa y su servidumbre. Debía recurrir al “plan B”.
El “plan B” comenzó con el pie izquierdo. Sonia le armó una rabieta porque no quería ponerse las medias, y por lo tanto, tampoco los zapatos. Desde que Freya anunció el “plan A” Sonia había corrido a su recámara para ponerse el mameluco. Igual que a ella, los cambios de último momento, lejos de excitarla, la alteraban. Así que Freya debió recurrir a la fuerza para vestirla, lo que provocó lágrimas incontrolables, acusaciones hirientes y un añadido más a su sentimiento de culpa.
Cortarse el cabello no era un lujo ni un escape. Cada miembro de la familia recurría a la peluquería para lucir bien. Gustavo acudía a la barbería cada mes. Los niños recibían dulces por su buen comportamiento. ¿Por qué ella debía sentirse culpable? En pocas palabras, no quería sentirse mal por embellecerse. ¿O acaso era porque la peluquería se encontraba lejos?
—A veinte metros está la estética de doña Queta; en la siguiente esquina acaban de abrir un salón de belleza bastante moderno. ¿Por qué no los pruebas?
Gustavo jamás entendería, y como no quería pensar en eso, con una Sonia lloriqueante, los trepó al auto, les abrochó los cinturones de seguridad y se colocó en el asiento del conductor. La aplicación en su teléfono pronosticaba un poco de tráfico. Treinta minutos de recorrido. Freya lanzó un suave suspiro. Entonces, mientras arrancaba, tocó el turno de Martín para anunciar su disconformidad. ¿Cuánto tiempo estarían en casa de la abuela? ¿Dónde estaría mamá? ¿Cuándo regresaría? ¿Por qué no los llevaba con ella? La sicóloga escolar decía que todos los niños pasaban por épocas de ansiedad, pero un pequeño porcentaje manifestaba sus miedos de maneras más intensas. Martín era uno de ellos.
No podía desprenderse de Freya, ni siquiera por las noches. Cuando despertaba de madrugada, la llamaba y no descansaba hasta saberla a su lado. En el centro comercial, en el área de comida rápida, pedía que se ubicaran en las mesas más cercanas a los sanitarios por si Freya deseaba usar el tocador. De ese modo, no la perdería de vista salvo unos segundos. Así que Freya hizo lo que los expertos recomendaban. Armándose de paciencia, explicó cada paso del plan. Manejaría hasta casa de la abuela. Martín y Sonia se quedarían haciendo algo divertido, luego mamá los recogería y volverían a casa para cenar con papá. Freya sabía que su bien organizado plan podría sufrir una serie de alteraciones espontaneas, como que la abuela decidiera cocinar para todos, o que el abuelo regresara temprano de su viaje a Puebla y propusiera ir por unos tacos al pastor, o que Gustavo llamara para avisar que la junta se había alargado, cosa probable con el jefe que tenía. Para su fortuna, Martín se quedó tranquilo y Freya accedió a que encendieran el IPAD y miraran una película.
El tráfico resultó más lento de lo que esperaba, y Freya aprovechó para enviarle un mensaje de voz a su madre. Prefería ese método más impersonal a una llamada donde surgirían las preguntas. “Mamá, voy en camino a tu casa. Voy a ir a cortarme el pelo. Te dejo a los niños solo un rato y paso por ellos cuando termine”. Su mamá contestó con un monosílabo: “Ok”. Difícil predecir el humor de su madre con una respuesta tan concreta.
Cuando pensó que nada más podía agriar el viaje, la aplicación anunció que había un accidente un kilómetro más adelante y le pedía desviarse. Freya se mordió el labio. Detestaba usar rutas alternas. Por eso amaba el Periférico, porque era directo, sin semáforos ni topes. Mientras esperaba que los autos avanzaran para tomar la salida, le llegó un mensaje. Era de Mariana, su hermana menor. Le contaba de su día y preguntaba cuándo se verían. Freya cambió de carril. ¿Qué contestarle a Mariana? No tenía que hacerlo en ese instante, pero tampoco deseaba hacerlo en una hora. No saltaba de gusto por sentarse frente a ella y confesar que estaba agotada. Mariana era su única hermana, pero no presumían una relación profunda, y no porque no quisiera, sino porque…
No sabía el porqué. Comenzaron a distanciarse por razones obvias. Ambas se casaron el mismo año, Freya cuatro años mayor. Freya consiguió un trabajo, y ahí comenzaron las diferencias. Mariana era la perfecta ama de casa que se dedicaba a decorar su departamento y cocinar banquetes para Carlos. Luego llegaron los hijos. Freya balanceaba el trabajo con la crianza. Mariana era la madre perfecta. Cuidaba de los niños y los acompañaba a cada clase, cada evento, cada nimiedad. Freya y Gustavo tomaban turnos. Una gélida tarde, en casa de su madre, Mariana se atrevió a sugerir que Freya trabajaba porque anhelaba ascender en la escalera social. Freya se ofendió. El silencio de su madre solo añadió a su cólera, pues eso implicaba que Mariana y ella lo habían comentado, e incluso la habían juzgado sin una audiencia previa. Freya trabajaba porque amaba hacerlo. Gustavo y ella habían acordado que era lo mejor para ambos. Se dividían las labores del hogar, y cierto, a veces Freya terminaba cansada, pero la satisfacción de ver un libro publicado valía la pena.
Freya editaba libros educativos de segunda lengua. Dos veces por semana acudía a las oficinas de la editorial donde tenía juntas sobre contenidos, proyecciones y finanzas. El resto del tiempo trabajaba desde casa, lidiando con autores y fechas de entrega; puliendo textos y comentando propuestas con los diseñadores. Su trabajo tomaba más de ocho horas al día que interrumpía para recoger a los niños, cocinar o bañarlos. Sin embargo, el producto final siempre hacía que su pecho se inflara, sobre todo si descubría que algún conocido utilizaba uno de sus libros para aprender inglés. Ciertamente también padecía las exigencias de un trabajo estresante que dependía de que muchas personas cumplieran con sus obligaciones, desde autores hasta vendedores, pero le apasionaba leer sobre nuevas tendencias educativas e incluso escuchaba podcasts sobre diseños de textos para demostrar profesionalismo.
¿Por qué compararse con su hermana? Porque Mariana y su madre eran muy parecidas. Hogareñas, buenas cocineras, dedicadas a sus hijos. A Freya la perseguía la sombra de la duda. ¿Les robaba tiempo y atención a sus hijos? ¿Era buena madre y esposa? En los peores días, cuando su jefe no la felicitaba, incluso se preguntaba si funcionaba como editora.
Restaban cinco minutos para casa de su madre, así que se concentró en el camino. La estética se encontraba en la colonia donde Freya había vivido de soltera, antes de casarse y mudarse al sur de la ciudad, pero se desvió rumbo a casa de su madre, la cual no había cambiado en años. Fachada blanca, portón negro, dos pisos. Los cuartos de Mariana y Freya se reservaban para visitas o nietos. Ya no había perros ni gatos, solo los canarios que su madre aún conservaba y mimaba.
Sonia se bajó de inmediato y tocó el timbre. Tenía una debilidad por la abuela que Freya no lograba entender. Su madre abrió la puerta y abrazó a la pequeña.
—Estuviste llorando —susurró.
—No quería ponerse las calcetas —le explicó Martín.
Los dos entraron con confianza y se dirigieron a la puerta sin una despedida.
—Haremos galletas —le dijo su madre.
Que hicieran lo que quisieran, se dijo Freya con un nudo en la garganta. Solo Martín se quedó unos minutos en la puerta con los ojos bien abiertos. Freya asintió asegurándole con un gesto que volvería por él recién terminara.
—Debo irme. Mi cita era a las cinco.
—Relájate y disfruta.
Su madre cerró el portón, y Freya se preguntó si su madre había dicho eso por costumbre o por haber visto en su interior. Freya no sabía relajarse, ni disfrutar. Manejó las dos cuadras a la estética y se estacionó frente a la panadería. Se le antojó un poco de pan dulce. Quizá pasaría por unas piezas antes de volver por los niños. La entrada a la estética era una pequeña puerta que conducía a un salón amplio e iluminado, dividido en dos, pero cuyos ventanales no daban a la calle como otros lugares, sino hacia un patio trasero donde un French Poodle dormía la siesta. Karina, la dueña y peluquera, no deseaba que sus clientas fueran vistas por extraños y curiosos pues había querido crear un rincón femenino y privado, así que solo se anunciaba con un letrero sobre la puerta de entrada. No recurría al Facebook ni a la Sección Amarilla, pero las clientas llegaban por recomendación de otras.
Freya saludó a Maru, la chica que ayudaba a Karina. Estaba sentada frente a otra chica, pintándole las uñas en el primer saloncito donde había un pequeño escritorio para el teléfono, la mesa de trabajo para el arte de decorar uñas, y dos pequeños sillones y un sofá, para las clientas en espera. En la segunda sección estaba el taller de Karina, con espejos y tijeras, peines y secadoras, tintes y productos. Freya torció la boca cuando detectó que Karina le aplicaba un tinte marrón a una mujer en sus sesentas. Miró su reloj de pulsera. La manecilla de los minutos marcaba el número cuatro. Había llegado tarde. Detrás del vidrio, Karina le sonrió y apuntó con la barbilla un sillón vacío. Freya se tragó su frustración. No le gustaba desperdiciar ni un segundo.
Delante de ella, en la mesita, había una pila de revistas con chismes de la farándula y la nobleza. Prefirió sacar su teléfono. Quizá le preguntaría a Gustavo si compraba pan para cenar. En su bandeja de correo había cinco mensajes que no habían estado allí cuando dejó a sus hijos en casa de sus padres. Revisó los remitentes. Dos mensajes comerciales sobre productos en línea. Un mensaje del diseñador diciendo que nuevamente se había atrasado por enfermedad; últimamente se resfriaba con frecuencia, ¿o sería que había aceptado otro proyecto y se estaba retrasando con sus fechas de entrega? Los freelancers solían hacerlo. El cuarto mensaje era de una de las autoras del proyecto en turno. La había contratado por referencia de una compañera, pero no lograban compaginar en metodología. Le echó un vistazo al texto y sintió un retortijón en el estómago. Tendría que enviarle muchas correcciones, o editar el texto ella misma. Adiós fin de semana. El quinto provenía de una amiga en España. Le había copiado unas recetas para los niños.
—¿Freya?
La voz de Karina la interrumpió. La señora mayor ocupó el sillón a su lado y se puso a hojear una revista. Freya entró al salón de corte y se dejó caer sobre la silla giratoria. Colocó su bolso y el teléfono en una mesita cercana mientras Karina le colocaba una bata de plástico para proteger su ropa.
—¿Lo de siempre?
—Tinte y corte —dijo Freya tratando de serenarse.
Karina se dio la vuelta y buscó en un gabinete tubos con tinte. Eligió uno y lo exprimió un tazón de plástico al que agregó otros productos para después revolverlos con un pincel. Sus suaves manos comenzaron a separar mechones al tiempo que embadurnaba el cuero cabelludo con el compuesto.
—¿Y cómo pinta tu fin de semana?
Terrible. Tendría que reescribir el capítulo cinco. El cesto de la ropa sucia estaba hasta el tope. Martín tenía cita con el dentista el sábado a mediodía. El hermano de Gustavo cumplía años y su suegra haría una pequeña reunión, que se convertiría en una fiesta, así que probablemente regresarían hasta pasadas las diez. El domingo en la iglesia debía llevar unas galletas para una venta especial a favor de los niños de una casa hogar que apoyaban. Por la tarde, Martín tenía que terminar una tarea y Freya debía planchar ropa.
—Pinta bien —respondió sintiéndose miserable por mentir—. ¿Qué tal el tuyo?
—Los sábados siempre trabajo. Mañana peino a dos novias. —Karina decía que no había nada como sacar la belleza natural de una mujer enamorada con un poco de maquillaje y un peinado que resaltara su alegría—. El domingo lo de siempre. Estoy enseñando a los niños pequeños en la clase bíblica.
Karina asistía a la misma iglesia que sus padres y Mariana. Freya, por cuestiones geográficas, iba con Gustavo a una iglesia muy parecida en el sur de la ciudad.
—Tu hermana va a cantar —le confió Karina con un guiño.
Mariana tenía una voz dulce que había afinado con el paso de los años. Todos se maravillaban de su talento, incluso Freya. No siempre lograba disfrutar sus conciertos pues vivían lejos, pero cada Navidad, Mariana formaba parte de un coro donde conseguía los mejores solos. Su madre siempre lloraba al oírla cantar. Freya, aún conmovida, no lograba derramar muchas lágrimas, pero no porque no quisiera, sino porque ella era así.
—Listo. Esperaremos cuarenta minutos.
Freya regresó al sillón de la sala de estar. Maru, la chica de las uñas, salió a comer. La señora en sus sesentas volvió al banquillo para que le enjuagaran el tinte. Freya trató de leer algo. Ninguna revista la atrapó, así que abrió la aplicación de Kindle de su teléfono e intentó engancharse en una novela, pero su mente divagaba sin lograr posarse en algo concreto. Por curiosidad, se interesó en la conversación entre Karina y la otra mujer.
—Es de admirar lo que hace por su madre, doña Jose.
—Ni tanto, Karinita. La demencia senil es una locura. Me siento como cuando cuidaba de mis hijos pequeños pues tengo que ir detrás de ella para que no haga travesuras. El otro día se salió de la casa y la encontré en el parque tomando un helado por el que no pagó. El heladero terminó regalándose por frustración más que por compasión…
La historia continuó, pero Freya se distrajo con un mensaje de Gustavo. La junta había terminado temprano, e iría a casa. Freya cerró los ojos unos segundos. Imaginó la felicidad de Gustavo. Llegando a casa, se quitaría la camisa y la corbata y se pondría una sudadera. Luego se acostaría en el sillón y encendería la televisión. Al paso que iba la tarde de Freya, él descansaría dos o tres horas, en completa soledad, antes que ella pudiera llegar con el pan dulce. ¿Y quién prepararía el chocolate caliente para acompañar los bizcochos? ¿Quién bañaría a los niños? ¿Quién les pondría el pijama? ¿Quién vigilaría que se lavaran los dientes? ¿Quién les leería el cuento de las Buenas Noches? ¿Quién oraría con ellos? ¿Quién se quedaría inmóvil en una silla hasta que los dos roncaran? ¿Quién, en pocas palabras, no podría adelantar su trabajo del capítulo 5, ni vería el capítulo siguiente de la serie de televisión sobre la nobleza inglesa? ¿Quién terminaría cansada y frustrada como de costumbre?
—Gracias, Karina —dijo doña Jose mientras se despedía—. Siempre es un deleite venir, y no solo porque me dejas sintiéndome diez años más joven.
La mujer ciertamente lucía más sonriente. Se despidió de Freya con un ademán de cabeza, y cruzó la puerta. Karina miró el reloj.
—Aún faltan diez minutos. No tardo.
Karina caminó hacia el escritorio y escribió una pequeña nota. Dobló el papel y lo depositó en una cajita en el cuarto de corte. Luego se dirigió al baño, un cuartito que estaba en una esquina. Aburrida, Freya contempló la variedad de colores en los barnices de uñas que poblaban la mesita de la manicure. Contó once tones de rosado desde un pálido blanquecino, hasta uno más mexicano que el sombrero.
Karina salió del cuartito y le indicó que pasara para el enjuague. Le colocó una toalla alrededor de los hombros y Freya echó la cabeza para atrás hasta descansarla contra el plástico de la silla. Karina hizo correr el agua tibia de una pequeña manguera con la que repasó el cabello de Freya una y otra vez. El agua tibia la tranquilizó lo suficiente para cerrar los ojos, y cuando Karina la masajeó con un poco de shampoo, Freya logró exhalar con más soltura.
Entonces pensó en Karina. Siempre la veía tranquila. Diría que la estilista ignoraba lo que era la palabra “estrés”. En primer lugar, era soltera. No tenía que lidiar con alguien del sexo opuesto. Tampoco tenía hijos, así que no despertaba a media noche porque alguien tuviera pesadillas. Vivía con su madre y su hermana, ambas viudas. Su madre perdió a su esposo de un ataque cardíaco; el cuñado murió electrocutado en horas de trabajo. Había trabajado para la Compañía de Luz. Sus dos sobrinas, de quince y trece años, adoraban a su tía. Por lo general la visitaban cuando no tenían clases o poca tarea. La mayor también decoraba uñas. La más pequeña barría y sacudía a cambio de unas monedas para sus gastos personales.
¿Qué podría nublar el día de Karina? ¿Una clienta molesta? ¿Dolor de pies por las largas horas de peinado? ¿Un achaque de su madre? ¿El aumento en las cuotas de renta o agua? Karina le pidió que se trasladara al banco donde secó su cabello con una toalla. Luego produjo unas tijeras y comenzó con el corte.
Desde el espejo, Freya la admiró trabajar. No era delgada, ni robusta, sino de medidas justas, como diría Gustavo. El cabello largo lo traía alaciado y en forma de V, con rayos color maple que destacaban de un castaño más intenso. Cada dos meses que venía, Karina lucía un nuevo estilo. Su piel era lisa y humectada; sus ojos grandes y vivaces. Freya la consideraba bonita. Pero había algo más. Mientras, Karina separaba mechones y despuntaba, Freya pensó en las muchas veces que había visitado la estética. La amistad comenzó en la universidad cuando Karina abrió su negocio. Aunque joven, un solo despunte convenció a Freya que Karina tenía algo especial. Karina la maquilló y peinó para su boda. Karina le dio su primer tinte después que nació Martín. Karina la visitó en el hospital cuando nació Sonia. Su madre y Mariana también eran sus clientas, pero Karina jamás hablaría con otros de los demás. De hecho, una de las razones por las que Freya apreciaba su trabajo se resumía en que Karina hablaba si la clienta lo requería, pero también respetaba el silencio, si uno deseaba meditar.
No tenía televisor ni radio encendido. Música instrumental, o a veces algunas alabanzas, llenaban los vacíos de la habitación a través de una bocina desde el escritorio. Frente al espejo, donde reinaban los botes con docenas de cepillos de todas formas y colores, descansaba la cajita metálica del miércoles. Freya la recordaba bien. De hecho, hacía unos minutos Karina había depositado un papel en ella.
—¿Sigues con la cajita? —le preguntó.
Karina sonrió antes de contestar.
—Sigo preocupándome.
Cada vez que una preocupación venía a su mente, Karina la apuntaba en un papel y la depositaba en la cajita del miércoles. Había elegido el miércoles como el día de sus preocupaciones. Los miércoles temprano abría la cajita y leía cada uno de sus afanes. La mayoría de las veces, según comentaba, las situaciones se habían resulto. Cuando no, oraba por ellas. ¿Por qué miércoles? Nunca lo dijo.
Freya trató de imitarla, pero su cajita de los jueves no duró mucho tiempo en la cocina. Por una parte, no tenía tiempo de escribir sus quejas en medio del ajetreo. Además, si escribía en viernes, se le figuraba una eternidad aguardar hasta el jueves y hasta entonces pensar en las angustias de la vida. Cuando pasaron tres semanas y la cajita resultó demasiado pequeña para sus muchas quejas, la tiró al bote de basura. No se procuró una nueva.
Karina comenzó a trabajar en la parte de arriba y Freya comenzó a sentirse soñolienta, efecto de los dedos de Karina. Sus ojos entonces se posaron en la pared donde Karina colgaba pequeños cuadros que una prima suya hacía. La prima ilustraba textos bíblicos que no solo alegraban la pared sino que hablaban al corazón. Había un nuevo texto. “El Señor es bueno, un refugio seguro cuando llegan dificultades”. La vez pasada había sido un salmo que hablaba de Dios como alguien compasivo, lento para enojarse y lleno de amor inagotable. Hacía seis meses se trató de un recordatorio en palabras de Jesús: “Los que el Padre me ha dado vendrán a mí, y jamás los rechazaré.”
Freya repasó el texto en turno. “El Señor es bueno”. ¿Lo era? No lo parecía cuando la cajita del jueves se llenaba con papeles que enumeraban sus preocupaciones, como cuentas sin pagar, bebés con cólico, discusiones maritales. “El Señor es un refugio seguro cuando llegan dificultades”. A veces Freya solo deseaba esconderse en un rincón hecha un ovillo y dormir veinticuatro horas seguidas. En otras ocasiones, quería hacerse pequeña y ocultarse en el hueco de una pared.
Karina encendió la secadora y el aire caliente envolvió su rostro con suavidad. Su cabello bailaba al ritmo del motor del aparato, logrando que el corazón de Freya desacelerara. “El Señor es bueno”. Y lo era, porque Freya tenía una madre que no puso objeción en cuidar a sus nietos. Contaba con una hermana, que a pesar de sus diferencias, la buscaba y necesitaba. ¿Y qué de sus dos hermosos hijos? Fuera de las rabietas de Sonia, la pequeña estaba repleta de sonrisas y abrazos. Detrás de los miedos de Martín había una prodigiosa imaginación que ideaba mundos fantasiosos y relatos extraordinarios. Además, Freya tenía a Gustavo a su lado, un hombre amable y paciente, con un gran sentido del humor. Apenas el día anterior le había mandado una foto con una jirafa. “Para una mujer de altura”, añadió en el texto.
Siempre habría dificultades, desde una llanta ponchada hasta lluvias torrenciales. Cada día traería su propio afán, en forma de dolores de espalda o gastritis. Pero tan cierto como los problemas era la declaración bíblica: “un refugio seguro”. Ante cada problema, Freya podía hacerse pequeña en su mente y descansar en el hueco de la mano del Padre que era lo suficientemente grande para envolverla y protegerla de cualquier dificultad.
—¡Lista!
Freya contempló su reflejo. Al igual que doña Jose, lucía unos años más joven. Sacó su cartera y le pagó a Karina.
—Te espero en dos meses —sonrió la peluquera.
—Aquí estaré.
Freya se preguntó si debió haberle contado más detalles de su vida, como hacían tantas otras mujeres. Quizá debía mostrar más interés y preguntar por las sobrinas. Pero Maru, la chica de las uñas, regresó acompañada por una chica que quería colocarse unas extensiones, y el parloteo juvenil sobresalió por encima de la música de piano que salía de la bocina. Así que Freya se despidió de todas y se detuvo frente a la panadería. Al sur de la ciudad, no había pan tan rico, ni tan barato. Lamentablemente, el tinte había subido de precio y ya no traía cambio. No se angustiaría. El Señor era bueno. A estas alturas, su madre tendría una cena preparada, y Gustavo seguramente apreciaría unas quesadillas de frente a la casa.
Freya se subió al auto y se colocó el cinturón de seguridad. Antes de arrancar, contempló el letrero encima de la puerta del salón de belleza. “Estética Betania”. No había mejor nombre para el negocio de Karina. Uno entraba como una Marta, afanada y turbada por muchas cosas, y salía como María, más serena y ubicada. Por esa razón, no le importaba cruzar media ciudad por un corte de cabello.
