¿Cómo caminas con alguien?

Por Keila Ochoa Harris

Recuerdo ser niña y tratar de caminar al paso de un adulto, fuera mi mama, mi papá o mi abuelo. En general había tres escenarios.  

1.     Emocionada por el lugar al que llegaríamos, me adelantaba y corría, mirando hacia atrás con impaciencia porque el adulto parecía no tener prisa. 

2.     Me atrasaba por falta de interés en el destino o la misma actividad de andar. Tú sabes, estaba «cansada, aburrida, molesta». 

3.     Caminaba al lado del adulto, probablemente porque deseaba conversar con él. El destino me inspiraba, pero también la travesía.  

En la Biblia leemos que Enoc caminó con Dios. Noé también caminó con Dios. Abraham e Isaac anduvieron con Dios. ¿Y nosotras? 

Quizás, emocionadas por el futuro, vamos corriendo delante de Dios, mostrando impaciencia por la aparente «lentitud» de nuestro Padre en responder nuestras preguntas o conceder nuestras peticiones. Me acuerdo mucho de mi constante interrogante: ¿con quién me casaré? La espera se me figuró interminable. (Pero qué bueno que esperé. Aunque esa es otra historia).  

Tal vez vamos arrastrando los pies. Nuestros actos muestran que no nos interesa el destino (el cielo), quizá porque no entendemos su magnitud. Tampoco nos mostramos muy emocionadas por la compañía, Dios mismo. Damos un paso tras otro con una actitud de enojo, disconformidad y hastío. 

Mi oración es que caminemos a la par de Dios, tomadas de su mano como cuando éramos niñas y andábamos contentas con mamá y papá. Que disfrutemos la conversación con nuestro Padre y veamos las bellezas del paisaje. Que en las tormentas o las dificultades del camino, dejemos que nos cargue o nos sujete para no resbalar. Que ciertamente nos haga palpitar el corazón nuestro destino, sin olvidar que el recorrido es igual de importante.  

¿Caminamos con Dios? 

Publicado en Esencia.

Leave a comment