Dos palomas

Escribí Palomas hace muchos años, pero las historias de Jonás y Zuú todavía me conmueven.

Retraté a Jonás como un hombre con defectos, dilemas, miedo y compasión, destinado a cumplir una misión profética en la ciudad de Nínive. Paralelamente, aparece una mujer ninivita llamada Zuú que observa los eventos, el arrepentimiento del pueblo, la decadencia y el regreso a la crueldad. Las vidas de los judíos (representados por Jonás) y de los ninivitas (representados por Zuú y su entorno) se entrelazan para mostrar un panorama del plan de redención, del juicio, del arrepentimiento y de la misericordia.

Así que, la narrativa combina elementos históricos, bíblicos y de ficción para dar vida a personajes y conflictos que quizá no se detallan en el texto bíblico original, pero que buscan humanizar y ampliar la historia.

La magia de las hadas

Le contaban de magia, pero ella nunca tuvo una varita. Buscó a Campanita y preparó comida para hadas, como marcaban los cuentos, pero ni siquiera aparecieron gnomos o duendes. Leyó sobre libros antiguos donde encontraría las fórmulas para ingresar a mundos alternos, pero ninguna biblioteca los tenía.

Creció y pensó que no valía la pena gastar su tiempo en ilusiones. Eso se lo dejaría a los niños y a los abuelitos, pues increíblemente su abuelita aún soñaba con lo imposible. Ella ya no se estremeció cuando el príncipe besaba a la princesa ni cuando el dragón se interponía en su camino, pues en el fondo, dejó de pensar en las princesas. Hasta que un día…

No sucedió en un bosque encantado ni junto a un río cristalino, tampoco en una noche de luna llena ni en un amanecer en la playa. En la sencillez de su minúscula habitación, rodeada de papeles y libros, entre una cama, cuadros y fotografías de seres queridos, escuchó una vocecita.

No provenía de un hada ni de un troll, de un fantasma ni de un genio de la lámpara, sino de su propia cabeza. Y le decía: «La historia está dentro de ti». ¿A qué se refería?

«Las hadas viven mientras creas verlas». La magia funcionaría en su cabeza. Y lo mejor de todo, la podría compartir a través de las teclas. Sí, ya no había plumas ni tinteros, sino una laptop sobre el escritorio, donde la magia empezó.