Las redes sociales no cuentan toda la historia.
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Un anillo
Un anillo, un pequeño objeto circular, pero ¡qué codicia provocó en los corazones de los que lo hallaban! Causó guerras, muertes, traiciones y ceguera. Un pequeño anillo propició tres libros, unas fantásticas películas en las que la Tierra Media se debatía por obtener o rechazar el poder que esa miniatura ofrecía. En “El Señor de los Anillos” admiramos la honestidad de unos, la avaricia de otros y la lucha por el poder.
Hitler anhelaba el poder al igual que Stalin, Nerón, y tantos otros políticos, soldados, artistas y criminales. Su ilusión: dominar al mundo. He-man, el hombre fuerte de las caricaturas, gritaba: “¡Yo tengo el poder!” En otra tira cómica, Mumra, enemigo de los Thunder Cats declaraba: “¡Soy inmortal!” Un día Lucifer, un hermoso ángel, quiso ser igual a Dios y fue echado del paraíso. Eva y Adán desearon conocer el bien y el mal y perdieron la comunión con Dios; salieron del huerto.
Sin embargo, Satanás y el hombre no comprenden qué es el poder. Curioso que la definición que más me agrada provenga de una película y de la boca de un personaje controversial que vivió durante la Segunda Guerra Mundial. Su nombre: Schindler, su logro: rescatar judíos de la muerte dándoles trabajo en su fábrica.
Cierta noche, platica con Goethe, el general lunático encargado del campo de concentración. Entre copa y copa, Goethe bastante ebrio, habla del poder y declara: “El control es poder”. Schindler, en sus cinco sentidos, pregunta: “¿Por eso nos temen?” Goethe sonríe y le dice: “Nos temen porque tenemos el poder de matarlos. Por eso nos temen”.
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Rebuznos
Luis D. Salem explica que las personas que rebuznan son las que, con «frases imprudentes echan a perder cosas de valor como la armonía en la familia, en la comunidad, etcétera». Y qué fácil es, en las redes sociales, rebuznar.
Como Sancho Panza, decidamos poner silencio a nuestros rebuznos, y escribir y hablar cosas que enseñen y que incluyan un chispa de fe, esperanza y amor.
El laberinto
En uno de los castillos de Inglaterra, Hampton Court, se encuentra el laberinto más conocido y antiguo. Abarcando un tercio de acre, uno debe hallar el centro a través de senderos que se tornan callejones sin salida, o que nos hacen volver al punto de referencia. Miles de visitantes al año intentan llegar al centro para sacarse algunas fotografías. ¿Y qué hay en ese mágico lugar? Nada. Solo una placa que dice: «He alcanzado el centro del laberinto».
Pero podríamos pensar en este laberinto como un ejemplo de las religiones del mundo. Todas nos prometen llegar al centro, aunque no se ponen de acuerdo qué hay allí. Algunas auguran muchos dioses; otras declaran que solo hay un Dios. Aún existen filosofías que nos dicen que a final de cuentas no hay nada en el centro. Lo importante es encontrar el camino que lleva a él.
Somos seres espirituales y buscamos respuestas. Sabemos que el laberinto no es una invención ni un juego. En verdad tenemos una sed por encontrar nuestro propósito en el mundo, y reconocemos que hay un Dios que tiene el control de nuestras vidas. Es por eso que el cristianismo ofrece una respuesta contundente: en el centro del laberinto está Dios. Un Dios justo y compasivo, un Dios sabio y todopoderoso, el Dios verdadero.
¿Y cómo llegar a ese Dios? Todas las religiones nos llevarán a callejones sin salida, porque a final de cuenta las religiones mencionan que debemos «hacer, sentir o aprender» algo para conseguir el galardón. Mahoma, por ejemplo, dijo ser un profeta que mostraba el camino. Buda dio ideas de cómo encontrar cada quien el camino. Pero Jesús pronunció palabras que solo un loco, o Dios mismo, pudo haber declarado: «Yo soy el camino… nadie viene al Padre sino es por mí» (Juan 14:6).
¡Increíble! Él es el camino. Y nos revela qué hay en el centro. Su Padre. Dios mismo. Así que el único modo de llegar al centro se basa en seguir las pisadas de Jesús, quien es el camino. Sus pisadas, cuando las veamos con atención, tendrán una marca particular: serán manchas de sangre, de esos pies ensangrentados que abrieron el camino al centro del laberinto.
Debido a que muchos turistas se perdían y frustraban en el laberinto de Hampton Court, los encargados decidieron poner a un hombre en un lugar ubicado en lo alto. Desde ahí puede ver a los turistas perdidos y confusos y ofrecer ayuda. Muchos deciden no escucharlo, pero los que han caído en más desesperación no dudan en aceptar su ayuda.
En el centro del laberinto del alma está Dios Padre. Jesús es el camino, el único que sabe cómo llegar al Padre y que nos pide que lo sigamos. Pero está también ese «alguien» en lo alto guiándonos y dirigiéndonos cuando nos desviamos del camino. Se trata del Espíritu Santo, quien nos enseña toda verdad.
Para muchos, el cristianismo es una religión más. Pero recordemos que una religión exige prácticas o sentimientos o conocimiento. El verdadero cristianismo cree en un Dios trino. Aún más, solo nos pide una cosa: fe en Jesús. No se trata de hacer, sentir o saber. Se trata de ser. Ser hijos de Dios para poder andar en las pisadas de Jesús. Ser nuevas criaturas que escuchan la dirección del Espíritu Santo y lo obedecen. Ser aquellos que un día se postrarán ante el Padre y hallarán el centro, y allí depositarán sus coronas a sus pies, conscientes de que Él merece todo honor.
Que en este laberinto de la vida lleguemos al centro de todo: Dios mismo.
El dialecto del amor
¿Qué idioma hablas? ¿Sabías que la rata topo tiene diferentes “dialectos”?
