Y tengan por seguro esto: que estoy con ustedes siempre, hasta el fin de los tiempos.
Mateo 28:20 (NTV)
No me gustan las despedidas. He dicho más veces «adiós» de lo que hubiera deseado en algún momento en mi vida. Las despedidas tienen un sabor agridulce; por una parte, siempre queda la duda de si será la última vez. Por otro lado, conlleva la esperanza de un gozoso y dulce reencuentro.
El Evangelio de Marcos nos dice que el Señor Jesús fue levantado al cielo. Lucas nos relata una escena similar. Los discípulos siguieron a Jesús con la mirada hasta que no pudieron más. ¿Y luego qué hicieron? Adoraron. Regresaron a Jerusalén. Fueron por todas partes y predicaron.
Durante tres años, los discípulos convivieron con Jesús, pero no pasaron con Él cada minuto del día. Había separaciones temporales, momentos de soledad, pero la muerte y resurrección de Jesús hicieron posible un nuevo escenario: Jesús con nosotros, Jesús en nosotros, una presencia constante y eterna.
Hoy no necesitamos ir a un lugar religioso para hablar con Dios. Los murmullos del corazón bastan. Hoy no podemos quejarnos de soledad, pues técnicamente nunca estamos solos; Él siempre está ahí. Y tenemos una promesa más: la de un día verle cara a cara y pasar con Él la eternidad.
Si bien celebramos el Domingo de Resurrección quizá, cuarenta días después, deberíamos festejar su ascensión. Pues esta marca el antes y después del misterio precioso de la venida del Espíritu y el preámbulo de la iglesia. Pero, sobre todo, sella la promesa más hermosa de todas: «Ciertamente vengo en breve» (Apocalipsis 22:20, RVR60).
Sí, amén, ven, Señor Jesús.
Publicado en 40 días entre la cruz y la tumba.
