Hay días en que no encontramos ninguna razón para sonreír. Un hijo enfermo. Falta de empleo. Dinero escaseando. Debilidad en el cuerpo. Mal clima. Tragedias en la familia. Desastres naturales. Problemas en la iglesia. Cáncer terminal.
Pero a pesar de todo, el salmista, quien también sufrió durante su vida, nos ofrece por lo menos cuatro razones para gozarnos, sin importar las circunstancias externas, ya que el gozo es una actitud del corazón que no depende de nuestra relación con Dios.
Podemos gozarnos por la provisión de Dios. El salmo 16:2 nos dice: “¡Tú eres mi dueño! Todo lo bueno que tengo proviene de ti” (Nueva Traducción Viviente). Y ciertamente, aún en el día más nublado, podemos encontrar diez cosas buenas, por cada dedo de nuestras manos, y que provienen de Dios. Un esposo, unos hijos, una casa, una manta, un hermano, un seguro social, una Biblia, un trozo de pan, un baño de sol, un vaso con agua.
Podemos gozarnos por los paladines de Dios. En el verso 3 leemos: “¡Los justos de la tierra son mis verdaderos héroes! ¡Ellos son mi deleite!” (Nueva Traducción Viviente). ¿Cuándo fue la última vez que nos alegramos al leer una biografía de un hombre de fe como George Muller o Jim Elliot? Leer y estudiar sobre hombres de fe, bíblicos y de la historia de la iglesia, reafirman nuestro gozo. ¿Por qué no visitar o invitar a casa a hermanos de la iglesia que admiramos? Nuestro gozo aumentará, y contagiaremos a nuestros hijos con buenos ejemplos.
Podemos gozarnos por la protección de Dios. Leemos: “Señor, sólo tú eres mi herencia, mi copa de bendición; tú proteges todo lo que me pertenece” (Nueva Traducción Viviente). Esto incluye a nuestros hijos, pero también nuestra herencia. En ocasiones nos entristecemos por falta de recursos, pero olvidamos que la herencia que Dios nos ha dado se encuentra en nuestro interior, en esa fuente inagotable de recursos que nos ofrece su Espíritu, la garantía de que todo lo que Dios nos ha prometido se hará realidad.
Podemos gozarnos por la promesa de Dios. Quizá nuestra situación parezca insostenible. No puedo pensar en una experiencia más difícil que estar al borde de la muerte. Pero aún allí, la promesa de Dios nos acompaña: “Con razón mi corazón está contento y yo me alegro; porque tú no dejarás mi alma entre los muertos ni permitirás que tu santo se pudra en la tumba. Me mostrarás el camino de la vida, me concederás la alegría de tu presencia y el placer de vivir contigo para siempre” (9-11, Nueva Traducción Viviente). ¿Qué más necesitamos para esbozar una sonrisa que saber que estaremos con Jesús por la eternidad?
Cuatro razones para gozarnos. Ahí están. Solo es cuestión de tomarlas y alegrarnos. Que nuestros hijos vean siempre a una mamá gozosa, sin importar lo que ocurre afuera. Que dentro de nosotros encuentren siempre una mujer alegre por lo que Dios hizo, lo que hace y lo que hará.
Tomado de: Suspiros para mamá, editorial Verbo Vivo
