Por la mañana no quieres despertar, aunque sabes que te espera la oficina. Debes cocinar, limpiar la casa, atender la ropa y recoger los cuartos de los niños. Enfrentarte a un grupo de alumnos que no quiere aprender. Sentarte delante de una pantalla con números y letras. Pagar las cuentas, incluidos los impuestos. Cuidar de tus padres ya mayores como si fueran niños. El deber.
Pero el deber se transforma cuando se acompaña con amor, como bien dijo Anne Shirley mediante la pluma de Lucy Maud Montgomery: «Había mirado su deber con valentía a la cara y lo había encontrado un amigo, como el deber siempre lo es cuando lo enfrentamos con franqueza».
El deber puede ser un amigo cuando te das cuenta que la oficina es el lugar que tienes para servir a los demás. El deber te sonríe cuando tu esfuerzo provee un hogar limpio y ordenado —aunque resulte agotador—, que tus hijos recordarán como un nido acogedor. Uno de varios de tus alumnos se inspirará por tus enseñanzas, y por uno vale la pena. La pantalla se puede transformar en el altar donde buscas el bien del prójimo. Tus esfuerzos por cumplir con tus deberes serán un día recompensados. Tus padres agradecerán tus cuidados, en medio de sus propias luchas con la vejez.
Enfrenta hoy tus deberes con franqueza y encontrarás propósito.
A final de cuentas, el deber llevó a Marilla a quedarse con Anne y encontró el amor de madre en su corazón. Y el deber hizo que Anne se quedara con Marilla un tiempo antes de ir a la universidad, decisión impulsada por el amor.
Con unas gotas de amor en el deber, encontrarás las fuerzas para enfrentar la rutina y el trabajo.
