¿Has experimentado la noche oscura del alma de la que escribió San Juan de la Cruz?
Por lo general comienza con un despertar a la necesidad que nos embarga; nos recuerda que estamos vacíos y lo que consumimos no nos está llenando.
En una noche oscura,
con ansias en amores inflamada
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.
A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.
Le sigue la agonía, real y contundente. Nos embarga el hambre y la sed por algo que no sabemos describir con palabras, pero que buscamos a tientas hasta encontrar.
En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.
Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía
a donde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.
Y cuando lo encontramos a Él surge el abandono. Nos rendimos a sus pies y comprendemos que somos suyos y nada más importa.
¡Oh noche, que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada
amada en el Amado transformada!
Entonces Él, con dulces abrazos, nos recuerda que debemos apropiarnos de su amor por medio de la fe. Nos susurra que no se trata de hacer, sino de permanecer; Él no nos invitó a la ansiedad, sino al descanso.
En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.
El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería,
y todos mis sentidos suspendía.
Y así llegamos a la permanencia, a la realidad de que mientras seamos parte de la vid, daremos fruto.
Quedé y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
Y entonces recibimos la vida que nos ha prometido, una abundante, la que siempre hemos soñado.
