Tomado de: Suspiros para Mamá, Verbo Vivo
¡Cuántas veces al día necesitamos una píldora de paciencia! Debemos repetir la misma instrucción una decena de veces; el hijo vuelve a incurrir en la misma falta; el esposo llama que llegará tarde del trabajo; el dolor de cabeza no nos abandona; en el banco el cajero nos atiende con lentitud; en la oficina gubernamental cambian la orden y requerimos otros papeles. Terminamos el día diciéndonos que se nos ha agotado la paciencia.
Tristemente, la Biblia marca cómo se obtiene la paciencia, y no es una píldora que se consiga en la farmacia. Santiago 1:2-3 dice: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia” (Reina Valera 1960).
¿Qué produce la paciencia? ¡Las dificultades! Pero no olvidemos la promesa: “Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna”.
Sarah Edwards aprendió paciencia de muchas maneras. En primer lugar, se consiguió un esposo opuesto a ella: él tímido, ella vibrante; él voluble, ella extrovertida; él antisocial, ella sociable; él desgarbado, ella elegante. Sarah descendía de una familia de ministros. Su padre compuso “Campanas de Navidad” (Jingle Bells) para su clase de Escuela Dominical. También fue fundador de la universidad de Yale.
La bella Sarah tuvo muchos pretendientes, pero Jonathan ganó su corazón. Se casaron cuando ella tenía 17 años. La pareja tuvo once hijos, ocho niños y tres niñas. Vivieron juntos 31 años.
Sarah tuvo que ejercer paciencia con tantos niños en casa y un esposo que dedicaba más de doce horas al día a estudiar la Biblia y orar. También recibían muchas visitas . Y si hemos sido anfitrionas alguna vez, sabemos lo que esto implica. Uno de sus más distinguidos huéspedes fue David Brainerd, un joven predicador que se comprometió con una de sus hijas. Lamentablemente él falleció en casa de Sarah de tuberculosis.
Hablando de momentos complicados, en 1734 ella sufrió un ataque de nervios debido a problemas en la iglesia. Su esposo fue difamado y echado fuera. El dinero escaseó y Sarah y sus hijas vendieron ropa hecha por ellas para sostenerse. En esa época, su hijo menor tenía solo un año.
Se mudaron a la provincia, donde las condiciones eran crudas, pero Sarah mejoró de salud. En 1758, a su esposo le ofrecieron un trabajo en Princeton. Mientras Sarah empacaba para la mudanza, su esposo se adelantó, pero falleció debido a una vacuna. La hija de Sarah que cuidaba de su padre en su convalecencia, también murió. Sarah quedó devastada. Aún tenía seis hijos en casa, el menor de ocho años. Entonces ella también dio su último suspiro, seis meses después que su marido. Dejó seis huérfanos y dos nietos huérfanos.
Sarah y su esposo no concedieron a sus hijos una herencia monetaria. En términos humanos diríamos que los desampararon. Pero Dios tenía otros planes. Se han hecho estudios sobre el legado de esta familia, y se dice que de sus 1,400 descendientes, 13 han sido presidentes universitarios, 65 profesores, 100 abogados, 30 jueces, 66 médicos, 3 senadores, 3 alcaldes, 3 gobernadores, 1 vicepresidente de Estados Unidos y más de 100 misioneros.
Cuando la paciencia parezca agotarse, cuando nos cansemos de mostrar el camino correcto, cuando pensemos que no vale la pena insistir en los principios bíblicos, cuando las calamidades toquen a la puerta y falte el dinero, cuando la muerte nos tome por sorpresa, recordemos el legado que podemos dejar.
Quizá hoy no parezcamos mujeres pacientes, mucho menos perfectas y cabales, pero el Dios que empezó la buena obra en nosotras, se encargará del final. A nosotras nos toca ejercer la paciencia.
