Don Gonzalo

Gonzalo Báez Camargo nació en Oaxaca el 13 de noviembre de 1899. Su mamá era maestra en Oaxaca y se casó con Guillermo Camargo, un maestro y predicador. Se mudaron a Chiapas y don Guillermo murió, así que Rosendita se hizo cargo de su único hijo.

Tristemente, la madre de Gonzalo murió cuando él tenía 11 años. Jamás la olvidó y escribió: “Con las mismas quietudes mi pupila y con la misma placidez mi frente; con tu amor y tu fe mi alma tranquila, quiero morir cual tú: serenamente…”

Su nombre original completo fue Gonzalo Camargo y González Angulo. Pero fue adoptado por el Dr. Victoriano Daniel Báez, y a raíz de eso su nombre cambió a Gonzalo Báez Camargo.

Estudió la primaria en Oaxaca, y más tarde entró en la escuela metodista de Puebla. Pasó después a la ciudad de México para estudiar el Seminario, y finalmente estuvo en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Cuando la Revolución interrumpió la vida, Báez Camargo se enlistó en la brigada Zaragoza, segunda división de Oriente del ejército Constitucionalista al mando del general Venustiano Carranza. Tiempo después, y habiendo estado a punto de morir en batalla, regresó a la vida civil con el fin de continuar su educación formal.

En general trabajó en poesía, periodismo, educación, trabajo editorial y traducción de lenguas bíblicas. Usó como seudónimo el de Pedro Gringoire, el personaje poeta de “Nuestra Señora de Paris” de Víctor Hugo.

Alguien dijo de él: “Es el hombre más sencillo, el cristiano más sincero que conozco”. Y así se trasluce en su trabajo.

Como poeta, Báez Camargo escribió muchos versos. Cosas sencillas como los poemas infantiles “El Caballito” o “Balada a los niños pobres”. Como Académico de la Lengua Española, usó de un lenguaje altamente elevado, como cuando tradujo los Salmos de los originales para la Biblia del Nuevo Milenio. Nadie duda que Báez Camargo fue doscientos por ciento mexicano, por ejemplo, en su “Don Quijote en América”, donde revela el convencimiento de la necesidad de fusionar culturas.

Como escritor, usaba un sin fin de nombres para referirse al Señor Jesús: Divino Carpintero, Varón de Dolores, Luz, Proletario de Nazaret, Pobre y Amigo de los pobres, Divino Camarada, Nuestro Señor del Látigo, Soliviantador Espiritual de los de abajo, Divino Perseguido, Cristo del Silencio, Espíritu universal y eterno, Héroe del Sufrimiento, Supremo Amador, el Justo, Profeta del Nuevo Orden, Muerto y Resucitado del Calvario, Peregrino de Emaús.

Uno de los temas que se reiteran lo largo de todos sus artículos editoriales es el de los sufrimientos de Cristo. Para él, Dios se revela en “el Cristo de las manos traspasadas” porque es “un Dios que sufre…cuyas lágrimas se mezclan, en simpatía, con las nuestras”.

Escribió: “Dios no sería perfecto si no fuese capaz de sufrir”, puesto que, “el verdadero amor es siempre amor que sufre y, porque sufre, redime”.

Durante su vida, Gonzalo Báez Camargo impulsó el ecumenismo, pero no como hoy lo conocemos. Para él, el ecumenismo significaba que las distintas denominaciones cristianas trabajaran unidas.

Para explicar esto usó diversas figuras: “Como el disco que en las clases de física sirve para demostrar la composición de la luz. Ahí están los colores. Cada uno diferente a los demás. Fuerte, bien definido, claramente demarcado. Se hace girar el disco, y aparece el blanco del cual todos forman parte. Para que esto suceda he aquí los requisitos: (1) Que cada color retenga su propio tinte; (2) Que los colores, aunque distintos, estén juntos; (3) Que todos reconozcan un solo centro”.

También usó la imagen de la orquesta: “Se trata de ser armonía nunca uniformidad. En la providencia de Dios, hay repartimiento de “diferentes dones, según la gracia que nos es dada” (Rom.12:6), así a las denominaciones como a los individuos. Instrumentos diferentes, diferentes partituras. Él ha hecho el reparto. Para el Señor todos los instrumentos y todos los papeles son importantes y necesarios. La obra que se ejecuta es una misma: el Canto de Salvación en Cristo. Pero todos deben armonizar sus partes obedeciendo al mismo Director. Cada quién apegado fielmente a su nota y a su instrumento, porque de otro modo la ejecución de la obra se estropea. Pero todos fieles a la misma obra, todos dóciles bajo la batuta –que tiene la forma de cruz- de Cristo el Director”.

Murió en la ciudad de México en 1993.

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