Sigo rescatando escritos de mis tiempos de cortejo y antes de la boda.
Muchas personas me lo advirtieron, pero pensé que exageraban: “Cuando lo conozcas, sabrás que es él”. Como me equivoqué en ocasiones anteriores, e incluso perdí la fe de encontrar a ese alguien especial, hice caso omiso de sus predicciones.
Sin embargo, hoy puedo decir que Abraham es el hombre para mí. ¿Por qué o cómo lo sé? Siempre habrá un porcentaje de duda, quizá un 1 o 2%, cosa natural, pero cuando uno embona con ese otro ser, cuando el sentimiento va más allá de un gusto físico, cuando existe esa química espiritual que uno no ha experimentado antes, sabes que es él.
Este “saber” no ignora los defectos ni minimiza las diferencias familiares o culturales, pero hay algo superior en el ambiente; uno percibe ese “estoy de acuerdo” celestial o trascendental que hace que uno suspire: “Fuiste creado para mí. Eres mi media naranja”.
Fuera de filosofías, esa realidad surge, precisamente, cuando uno deja de buscar. Cuando uno está a la “caza”, las cosas no se dan con soltura, se fuerzan y se lastima al otro o a uno mismo. Pero cuando uno descansa en Dios, algo sucede y al conocer y tratar al amado, en ese diario convivir, te das cuenta que es él.
¿Sé que mi Ragazzo es para mí? Sí, lo sé. ¿Cómo lo sé? Solo puedo decir que antes era ciega, y ahora veo. Que antes no me veía con nadie en una boda, y ahora lo veo a él, y que esto me trae gozo, dicha y paz.
