Parte 2
Hemos dicho que un maestro es un arquero, pero es algo más. La palabra hebrea moreh , que también se traduce como maestro, abarca dos imágenes mentales. La primera proviene de la descomposición de sus letras. La primera letra de esta palabra y la última forman el concepto de un vientre.
Podemos pensar que el proceso de enseñanza hace que la mente del alumno se impregne de la verdad, conceptos e ideas con la expectativa de que incubarán y se desarrollarán hasta producir un «bebé», algo útil, significativo y productivo.
Esta imagen mental nos ayuda a pensar en la enseñanza como una promesa. Sembramos la semilla hoy con la esperanza de que un día la cosecha abundará. También nos recuerda que quizá no nos toque ver el resultado final. Tal vez solo seremos una parte en el desarrollo, pero confiamos que a su tiempo producirá buenos resultados.
La segunda traducción de la palabra moreh nos habla de regar o de lluvia temprana. La lluvia al principio del año caía sobre las semillas y las plántulas que aún no daban fruto. Gota tras gota regaban los campos, y el agricultor era incapaz de predecir si la planta maduraría. Del mismo modo, nuestro rol a veces pareciera frustrante pues rara vez produce resultados inmediatos.
Por esa razón, no olvidemos que la educación es un trabajo en equipo. Tu labor en primer grado ayudará al profesor de segundo grado. El maestro de cada asignatura, de cada nivel, necesita del apoyo de padres, directivos y el resto del profesorado para regar con amor y constancia esas pequeñas plántulas, que tarde o temprano, producirán una cosecha.
Qué alegría produce encontrarte con un alumno al que enseñaste muchos años atrás y verlo convertido en un profesionista capaz. Qué gozo observar el fruto de muchos años escolares para ver hoy a padres comprometidos con sus pequeños hijos, parejas que se aman y siervos de Dios que le siguen con todo su ser. Alabemos a Dios porque fuimos unas cuantas gotas que aportaron algo en el crecimiento de ese árbol frondoso que dio su fruto a su tiempo.
