Los romanos inventaron las primeras carreteras. Hasta hoy el Camino Romano es valorado y apreciado ya que logró conectar todo un Imperio. Bien decían: “Todos los caminos llevan a Roma”. Sin embargo, una vez que aparecieron los vehículos a motor las autopistas y carreteras asfaltadas se hicieron imprescindibles para el funcionamiento de la vida.
Hoy nos quejamos cuando algún tramo de la carretera está en reparación. También lamentamos que a veces las vías estén bloqueadas o en malas condiciones. Cuando transitamos por carreteras más elementales, echamos de menos las de cuota. Pero en pocas palabras, nos hemos acostumbrado a buenos caminos.
Sin embargo, no conocemos un camino perfecto. No hay carretera perfecta, salvo la que menciona el Salmo 18: “El camino de Dios es perfecto” (30). ¿Se imagina usted un camino perfecto sin hoyos ni baches, sin desviaciones ni falsas señales? El camino de Dios es perfecto. Entonces cabe la pregunta, ¿por qué pocos transitan por él? ¿Por qué muchos prefieren los atajos repletos de peligros y obstáculos?
Pero el salmo nos hace pensar aún más. “Dios me arma de fuerza y hace perfecto mi camino” (32, NTV). Mi camino no es perfecto. Mi camino es como esas antiguas sendas con baches y piedras, con callejones sin salida y desviaciones interminables. Pero él hace perfecto mi camino. Él hace que mi camino sea como su camino. Más bien, él implanta mi camino en su camino que es perfecto.
¡Qué alegría pensar que existe una carretera perfecta! ¡Qué tranquilidad da saber que Dios se encarga de enderezar mis sendas! Su camino es perfecto; mi camino no es perfecto; pero él lo hace perfecto.
