Templos, cultos y liturgia

Eran los ochentas cuando unos bien intencionados creyentes comenzaron a pensar cómo ser más hospitalarios con los que buscaban respuestas a las grandes interrogantes de la vida. Querían que estos buscadores no se sintieran amenazados por los ambientes religiosos que tal vez les traían malos recuerdos, así que combinaron una serie de elementos para formar una nueva «experiencia» lejos del templo protestante tradicional.

Tristemente, las connotaciones culturales de los espacios han afectado las prácticas cristianas que en Hechos 2:42 se enlistan como: las enseñanzas de los apóstoles, la comunión, el partimiento del pan y la oración.

Por ejemplo, las cafeterías se integraron para ofrecer un tipo Starbucks para que la gente se sintiera cómoda. ¿Lo malo? Starbucks nos hace pensar en amigos afines con los que tomamos un buen café, pero la iglesia es el lugar donde el pescador Pedro convive con el cobrador de impuestos llamado Mateo, donde Evodia y Síntique tienen que aprender a tener un mismo sentir, y donde los romanos como Cornelio se rozan con los judíos como Simón. 

Por otro lado, los precios de las bebidas en Starbucks apuntan a cierta clase social a la que no pueden acceder los que no ganan en una hora lo que cuesta un café. A diferencia de eso, en las primeras comunidades cristianas se servían las mesas y se distribuía diariamente para las necesidades de personas con grandes carencias, como las viudas. 

¿Cómo pueden las cafeterías de nuestras iglesias transformarse en esos centros de encuentro entre personas muy distintas donde todos tengan sus necesidades cubiertas?

La música, por su parte, tomó rasgos de un concierto dominical: luces, instrumentos de banda contemporánea y cantantes expertos. Esto quizá ha colocado a los asistentes en el lugar de público más que en el de adoradores. Por esa razón, solo cantamos si nos sabemos o nos gusta la canción; a veces nos damos por vencidos cuando el volumen de la banda es tan alto que no nos escuchamos; quizá sentimos que nuestro rol es el de todo espectador: formar parte del ambiente. Aunque desconocemos las tonadas y acompañamientos de los himnos del primer siglo, sabemos un poco de su contenido y estilo: salmos, himnos y cánticos espirituales. ¿Componen estos nuestros repertorios?

Aún más, ¿estamos colocando —sin pretenderlo— una carga muy pesada sobre los que se paran sobre el escenario? ¿Sentirán que, como los artistas que tanto admiramos y seguimos, deben inventarse un personaje para estar al frente? ¿Experimentarán la misma dualidad que siente el cantante cuando, esté contento o no, debe subir noche tras noche al escenario y cantarle al amor romántico mientras que en su camerino firma los papeles de divorcio? ¿Vivirán algunos con el peso de una doble vida? Los llamamos líderes de alabanza, ¿pero no los hemos empujado a —de algún modo— ser parte del mundo del espectáculo? 

¿Cómo podemos lograr una distribución más equitativa de la alabanza donde haya espacio para el talento, pero también para la espontaneidad y, sobre todo, un corazón agradecido?

Finalmente, el sermón se convirtió en una conferencia, un tipo de charla TED. Cuenta con un guion o bosquejo, impartido por un experto, limitado a cierto número de minutos, enfocado a una idea principal y salpicado con historias personales. ¿Puede un no-experto participar en el púlpito? ¿Influye la fama del personaje para el éxito del contenido? ¿Permite este modelo predicar a tiempo y fuera de tiempo, con corrección, reprensión y ánimo? 

Los mensajes no tienen que ser innovadores para ser ideales. En los Hechos se nos cuenta tres veces el mismo testimonio, el de Pablo, casi sin grandes cambios. Tanto Pedro como Esteban trazan en un sermón la historia del pueblo de Israel, desde Abraham hasta Jesús.

¿Será que nos estamos perdiendo de diversas voces porque la enseñanza solo se ofrece por unos cuantos? 

Quizá la solución no sea volver a cambiar toda la estructura, sino meditar en cómo crear espacios de comunión que no excluyan a nadie, cómo volver a cantar sin que sea yo parte del público sino parte de la adoración, y cómo dar oportunidad a que Dios use los dones y talentos de todos en la enseñanza.

Por último, añado dos prácticas históricas que echo de menos cada domingo.

¿Y si volvemos a la práctica de la confesión comunal? ¿Qué tal si al llegar tenemos minutos de silencio y meditación personal donde se nos ofrezca el espacio de ponernos a cuentas con Dios? Este espacio quizá nos prepare para la alabanza y para que juntos, como un cuerpo, podamos decir: «Señor, hemos pecado, pero tu perdón nos hace partícipes de la historia preciosa del Evangelio». 

Y el segundo es la comunión a través del partimiento del pan. A diferencia de lo que algunos piensan, creo que, hacer esto cada domingo, en lugar de hacernos ajenos o inmunes a su importancia, realmente nos invita a no olvidar por qué estamos ahí, junto con esas otras personas tan diferentes a nosotros, en una igualdad de importancia y servicio. Las muchas facetas del sacrificio de Jesús, representadas en un trozo de pan y el fruto de la vid nos ayudan a recordar que no estamos en un concierto, ni una cafetería, ni una conferencia, sino en un lugar donde podemos juntos alabar a un Dios inmortal, invisible, único y temible, que mostró su amor por nosotros al darnos el privilegio de ser parte de su iglesia.

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