Historia, con mayúscula. Uno de mis momentos magisteriales más motivantes se ha dado cuando he podido enseñar historia. En primaria pude recorrer la historia de México con mis alumnos de tercero y cuarto grado. Cuando enseñé una segunda lengua, traté de introducir pequeñas viñetas históricas de la cultura para que mis alumnos comprendieran más el contexto de muchas palabras y frases. Después, cuando enseñé preparatoria y fui maestra de la materia: Historia de la Iglesia, mis sueños se cristalizaron.
Hoy extraño enseñar historia, pero sobre todo la que lleva letra mayúscula, es decir, la gran Historia. ¿Por qué? Porque la historia importa. Lo que sucedió antes ha marcado una diferencia. De hecho, el cristianismo no es tanto una serie de doctrinas o una teoría, sino algo que pasó, que pasa y que pasará.
El cristianismo, más que una filosofía, es una forma de vida, y no hay vida sin historias. De hecho, el pináculo de toda época se llevó a cabo en el primer siglo de nuestra era cuando Dios, hecho carne, habitó en la antigua Palestina y el tiempo y la eternidad se fusionaron. Él vino a habitar en el tiempo para salvarnos.
Por lo tanto, cuando uno cree en Jesús, cuando uno se «convierte» en cristiano, uno entra a esta historia, uno se vuelve parte de la gran Historia. No sólo cambia nuestra manera de pensar, sino de ver la vida y de actuar. Nuestras creencias se vuelven práctica y marcan la historia de nuestras familias, nuestras comunidades y nuestros países.
Por eso, disfruta tu parte en la gran Historia; medita en lo que ha ido mal; pide que Dios dirija tus pasos, pero en ese mismo sentir, aprende del pasado, camina junto los que se han adelantado y escucha sus consejos, sumérgete en los Evangelios aprender de la vida del Señor de la Historia, y recuerda que eres parte de algo vivo que está dejando huella.
