Un anillo, un pequeño objeto circular, pero ¡qué codicia provocó en los corazones de los que lo hallaban! Causó guerras, muertes, traiciones y ceguera. Un pequeño anillo propició tres libros, unas fantásticas películas en las que la Tierra Media se debatía por obtener o rechazar el poder que esa miniatura ofrecía. En “El Señor de los Anillos” admiramos la honestidad de unos, la avaricia de otros y la lucha por el poder.
Hitler anhelaba el poder al igual que Stalin, Nerón, y tantos otros políticos, soldados, artistas y criminales. Su ilusión: dominar al mundo. He-man, el hombre fuerte de las caricaturas, gritaba: “¡Yo tengo el poder!” En otra tira cómica, Mumra, enemigo de los Thunder Cats declaraba: “¡Soy inmortal!” Un día Lucifer, un hermoso ángel, quiso ser igual a Dios y fue echado del paraíso. Eva y Adán desearon conocer el bien y el mal y perdieron la comunión con Dios; salieron del huerto.
Sin embargo, Satanás y el hombre no comprenden qué es el poder. Curioso que la definición que más me agrada provenga de una película y de la boca de un personaje controversial que vivió durante la Segunda Guerra Mundial. Su nombre: Schindler, su logro: rescatar judíos de la muerte dándoles trabajo en su fábrica.
Cierta noche, platica con Goethe, el general lunático encargado del campo de concentración. Entre copa y copa, Goethe bastante ebrio, habla del poder y declara: “El control es poder”. Schindler, en sus cinco sentidos, pregunta: “¿Por eso nos temen?” Goethe sonríe y le dice: “Nos temen porque tenemos el poder de matarlos. Por eso nos temen”.
Schindler agrega: “Nos temen porque tenemos el poder de matar arbitrariamente. Un hombre comete un crimen, debería conocer el resultado. Lo mandamos matar y nos sentimos bien. O lo matamos nosotros mismos y nos sentimos mejor, pero eso no es poder, es justicia. Es muy distinto al poder. Poder es cuando tenemos toda justificación para matar — y no lo hacemos. ¡Eso es poder! Es lo que tenían los emperadores. Un hombre robaba, lo llevaban frente al emperador, el criminal se tiraba al suelo y suplica piedad, sabía que iba a morir. . . y el emperador lo perdonaba. A ese hombre insignificante lo deja ir. Eso es poder”.
No es poderoso el que domina con miedo y amenazas, ni controlando mentes o actitudes. El poder reside en el perdón. Así que esta pequeña conversación me deja pasmada, con un silencioso respeto ante el único poderoso del universo entero: Dios. Tú y yo merecíamos morir, él tenía toda la justificación para aniquilarnos, ¿y qué hizo? ¡Nos perdonó! Envió a su Hijo, su propio Unigénito, quien pagó nuestra culpa, sufriendo en nuestro lugar, y logrando nuestra libertad.
Eso, mi querido amigo, es poder y ningún anillo competirá jamás contra estas dos palabras: “ Te perdono”.
