Éfeso, primer siglo
«Te espero mañana para vender, Calista», le dijo su patrona.
Ella agachó la cabeza. Dionisia había enfermado y por esa razón su patrona le pedía algo fuera de lo común, pero Calista titubeó. Las ventas de aceite se daban por la mañana, pero por la tarde se encontraría libre para acudir a casa de Aquila y Priscila.
«¿Qué pasa? Ah, ya sé. Esas ideas te han enloquecido», suspiró su patrona.
Para Calista más bien la habían rescatado de la locura. La habían librado de creer que su mejor opción era servir en el templo de Diana o aceptar la esclavitud, buscar riquezas ilícitas o corromper su carácter.
«El único señor es el emperador Domiciano», le recordó la señora Julia. «Y mañana es su día, uno para ofrecer libaciones y sacrificios».
Julia, sin embargo, no era tan intolerante como otros. Apreciaba a Calista, porque conoció a su madre antes de que muriera. Pero no comprendía por qué Calista debía reunirse para romper un pan y dar gracias a un rabino judío que murió crucificado como un crimial.
Tristemente, Julia no vio los milagros, como la sanidad del tío de Calista, ni había querido escuchar las palabras de vida que un judió llamado Marcos había escrito unos años atrás.
«Dime, ¿qué tanto hacen ahí?»
¿Cómo explicar los cantos y las lecturas? Además, la abundancia en la mesa siempre la conmovía. Ella, que apenas y probaba manjares durante la semana debido a su condición social, se maravillaba ante los platillos que las mujeres más acaudaladas proporcionaban para las fiestas de amor.
«En fin, no voy a cambiar tu forma de ser, ni lo que crees. Y debo aceptar que has mejorado; eres más ordenada y honesta, y atraes clientes. Ya, ya, no me miras así. Le pediré a otra que venga y te daré el día, si tanto insistes».
Calista ni siquiera había abierto la boca.
«Anda y celebra el kyriakós (día del señor)».
«Más bien, kyriakén dé kyríou (el día del Señor del Señor)», susurró y los ojos de Julia se abrieron de par en par.
