Maestro de fantasía

Conocí a George MacDonald a través de C. S. Lewis, quien escribió: «Nunca he ocultado el hecho de que lo considero como mi maestro; de hecho, me parece que nunca he escrito un libro en el que no lo cite».

MacDonald ha inspirado a grandes escritores como W.H. Auden, J.R.R. Tolkien y Madeleine L’Engle. Lewis leyó en un tren Phantastes y unas horas después concluyó que había cruzado una importante frontera. G.K. Chesterton citó La Princesa y los Trasgos como el libro que «marcó la diferencia en (su) existencia». Incluso Mark Twain, quien en un principio detestó a Macdonald, se volvió su amigo, y hay cierta evidencia de que Twain fue influenciado por él.

¿Y qué hizo este predicador escocés, de escasos recursos y enfermo, que revolucionó el mundo de la fantasía? MacDonald fue un padre que contaba cuentos, un ministro que se negaba a predicar falsedades y un hombre de oración que hablaba con Dios a través de la poesía.

Sin embargo, no es reconocido por sus tratados teológicos, sino por sus cuentos de hadas. MacDonald comprendió el uso de la fantasía y no tuvo miedo de incluir hadas, ogros, gigantes, trasgos y brujas. Chesterton lo describió como un místico, un hombre que creía en la realidad del mundo espiritual. ¿Y cómo describir lo indescriptible? MacDonald optó por el camino de la literatura y los cuentos de hadas. Él dijo: «Un cuento de hadas, es solo un cuento de hadas, así como un rostro es solo un rostro». La fantasía, pues, no se alcanza a definir.

Abarca desde una princesa encantada, al estilo hermanos Grimm, hasta un gigante de piedra, a un aprendiz de mago o un ropero mágico. El novelista o escritor de fantasía inventa un pequeño mundo propio, con sus leyes particulares, y al hacer esto, se acerca un poco a lo que implica la creación.

MacDonald no siempre tuvo éxito, y quizá algunos no apreciemos del todo su estilo literario; pero preparó el camino para muchos que vendrían detrás de él. Tolkien dijo: «El cuento puede ser un vehículo del Misterio. Por lo menos es lo que George MacDonald intentó, creando historias de poder y belleza cuando lo logró».

Le debo mucho a MacDonald, no solo porque he leído sus fantasías, entre mis preferidas La Princesa y Curdie y The Light Princess, sino porque sus meditaciones en A Diary of an Old Soul me han acompañado en mi tiempo devocional. Me emociona saber que algún día le veré y alrededor de una fogata (quizá), él, Chesterton, Lewis, Tolkien, L’Engle y muchos más, conversaremos sobre las hadas, la fantasía y la imaginación, pero aún más, sabremos que valió la pena servir a Dios a través de la pluma, creando esos mundos mágicos que nos acercan un poquito a la eternidad.

Como MacDonald mismo dijo: «Lo mejor que puedes hacer por tu prójimo —además de despertar su conciencia— no es darle cosas en qué pensar, sino en despertar las cosas que están dentro de él para que él las piense por sí mismo».

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