Por Keila Ochoa Harris
Cierto día mi hijo y yo leíamos una historia para niños. Yo le contaba el cuento y él observaba las ilustraciones. Entonces me preguntó: —Mamá, ¿por qué se le sale el corazón al perro?
El dibujante había tratado de mostrar que el perro se enamoraba de una perrita, y dibujo tres corazones sobre su cabeza en señal de enamoramiento. Le expliqué lo que sucedía y él solo guardó silencio. Unos días después, mi hijo estaba acurrucado a mi lado cuando me dijo: —Mami, te quiero mucho. Se me sale el corazón.
En mi rostro se dibujó una sonrisa.
—A mí también se me sale el corazón por ti —le susurré.
Supongo que al Señor Jesús se le sale el corazón por toda la humanidad, pues su amor es inagotable y así lo mostró en la cruz del Calvario. La pregunta es: ¿a mí se me sale el corazón por Él?
Leí también un pequeño verso que un anónimo escribió para San Valentín:
“Le di a mi padre un corazón en San Valentín,
tenía su nombre con el mío escrito en él,
y un Cupido lanzando un beso.
Papá se sorprendió por el Cupido,
pero no ante el corazón,
pues me dijo que ya se acostumbró
a tener mi nombre grabado en su interior”.
Como madre, traigo el nombre de mis hijos en el corazón y ya nada puede borrarlos de allí. Pero más me conmueve saber que el corazón de mi Padre trae mi nombre escrito. La pregunta nuevamente es: ¿traigo yo Su nombre en el mío?
