Por Keila Ochoa Harris
Gillian colocó el platón en medio de la mesa. Los niños miraron el pudín con ojos hambrientos. Roberto había cerrado la panadería temprano y, para no levantar sospechas, decidieron celebrar el nacimiento de Cristo el 29 de diciembre. Ambos dudaban que Dios se los tomara a mal.
A punto de probar un bocado, alguien llamó a la puerta con violencia. Roberta y ella intercambiaron miradas. ¿Quién sería? Vivían en el segundo piso del edificio. Habían sido cuidadosos de cubrir las ventanas y solo encendieron una vela. Roberto les pidió a todos que se ocultaran. Gillian cubrió el pudín con un trapo como habían acordado. Roberto avanzó a la puerta y todos aguardaron. Los murmullos le pusieron los pelos de punta.
Pero a los pocos minutos, Roberto volvió.
—Es Jacobo. Su madre te necesita.
Los dos se miraron largo y tendido. La decisión que debían tomar ahora pesaba más que una infracción por cocinar pudín. Gillian asintió ligeramente y Roberto se encogió de hombros. Le estaba dejando a ella la decisión. Roberto metió a los niños en la recámara del fondo y les prometió que comerían el pudín cuando mamá volviera. ¿A qué hora sería?
Gillian encontró al niño de ocho años en el pasillo. Lo siguió en silencio. Seguramente nadie había querido ir a ayudar a Agnes por temor a represalia. Apenas en agosto se condenó a unas brujas en el condado de Essex.
—¿Y tu padre? —le preguntó Gillian a Jacobo cuando entraron al departamento del tercer piso, descuidado y maloliente.
—No lo sé.
Seguramente se había ido a emborrachar. Los católicos no censuraban la bebida tanto como los protestantes. Jacobo se puso a jugar con su hermano menor y Gillian entró a la recámara. Agnes jadeaba en la cama. Sobre el pecho sostenía una estatuilla, la de santa Margarita.
Gillian miró alrededor en busca de algún rastro de un sacerdote, pero no había nadie, salvo los niños. Giillian se acercó de inmediato.
—Ya viene —le dijo a su amiga cuando notó el estado de su vientre.
Agnes lanzó un grito agotador. Su rostro estaba bañado en sudor, y apenas podía abrir los ojos.
—Gillian, Gillian… qué consuelo saberte cerca…
Apretó sus manos y secó su sudor con su pañuelo.
—Huele a lavanda… —ella le dijo con una sonrisa.
Otra contracción la dobló de dolor. Hundió sus uñas en su carne, pero Gillian supo que se acercaba la parte más complicada, en la que a tantas se les había ido la vida. Sus palabras brotaron de modo imprevisto.
—Oh Padre de misericordia, y Dios de toda consolación, nuestra única ayuda en tiempo de necesidad, humildemente te suplicamos que contemples, visites y alivies a… —En la liturgia se decía “a tu sierva enferma”. Pero ¿era Agnes sierva de Dios?— …alivies a Agnes Mason, por quien se desean nuestras oraciones.
—Si me muero… cuida de mis hijos…
Lo mismo le pidió en los otros dos partos.
—Prométemelo.
No se podía negar nada a una moribunda, así que Gillian asintió con la cabeza y besó su frente.
Sin embargo, Dios la escuchó. El suave llanto de un bebé reveló que la criatura había nacido. Gillian se ocupó de atener a la criatura, y hasta que la colocó sobre una manta se dio cuenta de que la piel de Agnes se había puesto amarillenta..
—¡Agnes! ¡Agnes!
Encontró un manojo de hierbas y las puso bajo su nariz. De pronto, Agnes estornudó y un golpe en la puerta la sorprendió. Era Roberto, con un poco de pudín de Navidad para los niños de Agnes.
