Fue una de las experiencias más extrañas de mi vida. Estaba en el centro comercial, un verdadero hormiguero de sábado por la tarde. La gente iba y venía, mientras que yo, sentada en la banca, les observaba como una espectadora más. Parejas de la mano, familias discutiendo, grupos de adolescentes en busca de acción, personas solitarias pretendiendo no notarlo.
Y sin embargo, yo no estaba sola. Él se encontraba a mi lado contándome sobre su vida. Con orgullo, y una mezcla de amargura, presumía sus vivencias en el mundo oscuro llamado “underground”. Y aún cuando trataba de sonar emocionado, pintándome escenas de una existencia bohemia y libre, en sus versos se traslucía una profunda depresión, acompañada de la futilidad de las cosas.
Entonces, yo hablé. Pero no dije lo que debía. Yo misma he palpado las tinieblas del enemigo, he sido presa de sus mentiras, conozco lo que significa caminar sin sentido ni dirección, pero callé. Para auto defenderme, mencioné tu nombre, pero no tu propuesta; tu persona, pero no tu oferta.
Seguí caminando por aquel centro comercial hasta que mi corazón sangró al percibir las muchedumbres en esa búsqueda desfrenada de sentido y posición. En unas escaleras eléctricas, desde lo alto, me quedé paralizada ante la imagen de ese enjambre de seres humanos, y luego me vi a mi misma como una hija fracasada y titubeante, una obrera perezosa e indiferente.
En la iglesia soy distinta. Allí canto, enseño y participo. Muchas veces he querido ocupar el púlpito para mostrar mis conocimientos, convencida de que lo haría mucho mejor que otros. En otras he criticado a mis líderes por lo que hacen o no hacen. Y aún más, me envuelvo de activismo para sentirme útil.
¿Y qué?, reclamó mi corazón al abandonar el centro comercial rumbo a mi casa. ¿De qué me sirven las quejas o las murmuraciones cuando la realidad del espejo no miente? ¿Qué pasa cuando no puedo cumplir con lo esencial: el compartir tu Palabra?
Dentro de las cuatro paredes de la iglesia se me olvidan las huestes que transitan al infierno; en medio de los debates teológicos pierdo de vista que la oscuridad gobierna en muchos corazones; entre los chismes mis prioridades se desvían.
Esta es una guerra. Lo percibí ese sábado por la tarde. Hay una lucha encarnizada en que el diablo y sus secuaces ciegan el entendimiento a través del materialismo que predican las tiendas, la moda que anuncian los medios y los objetivos errados que indoctrinan las masas. Compra… vístete… come… bebe… baila… canta… diviértete… Ese es el fin y la meta.
Pero por otro lado está tu Palabra y el Espíritu Santo redarguyendo en susurros y en alta voz: Cree… niégate… carga… soporta… ama… predica… Yo pertenezco a este segundo ejército, pero me comporto más como del primero. Al caído lo pisoteo, al perdido lo ignoro, al triste lo desanimo.
Perdóname, Jesús. Perdóname por no hablar de ti, pero sí hablar de los demás. Perdóname por no orar, pero sí quejarme. Perdóname por no hacer, pero sí señalar al que hace.
Mi misión es ser luz. Hazme brillar entre todos aquellos que se hunden en el vacío. Vengo como penitente, de rodillas y desnuda, sin nada que ofrecerte, salvo mi boca, mi mente y mi corazón. Hazme un soldado valiente, hazme un testigo fiel, hazme una sierva humilde, hazme una hija obediente. Y que así sea.
