Cuando mi bisabuelo se acomodaba para referir una de sus historias, mentalmente me colocaba tapones de algodón en los oídos, sonreía, asentía, pero no escuchaba nada. Quizás me comportaba descortés, pero la mayoría de sus aventuras iban en la cuarta o quinta repetición. No cesaba de añorar sus años de juventud, de quejarse de la situación actual del mundo y de arrepentirse del tiempo perdido.
Sus palabras me recuerdan al patriarca Jacob quien frente al Faraón confesó: “Los días de mi peregrinación son ciento treinta años; pocos y malos”. Una leve sonrisa se asoma en mis labios al leer el resumen de su existencia. ¿Vida corta? Pocos los días del que muere recién nacido, del adolescente que sufre un accidente, o del joven con cáncer. Ni siquiera imagino romper su récord que sobrepasó los cien años en el planeta. ¿Malos? Si Jacob se incluye en la lista de héroes de la fe en Hebreos 11 dudo que otros consideren su vida como infructuosa.
Aun así, la mayoría de los adultos concluye su peregrinar con un mal sabor de boca, reparando en que no hicieron lo que debieron, ni quisieron. ¿Existirá un antídoto para remediar este mal? Dios lo marca en su palabra, en el libro de Eclesiastés en el que nos ruega acordarnos de él en los días de juventud, antes de que lleguen los años sin contentamiento.
Técnicamente, la juventud corresponde a la etapa posterior a la niñez hasta la edad senil. Se marca como un tiempo de fortaleza física, aunque en nuestra sociedad moderna se restringe a los veintes y treintas. ¿Y a qué se dedica uno en esta época? A gastar fuerzas, en vez de reservarlas o medirlas; las consumimos en un suspiro a través del deporte, la parranda y supuestamente, el estudio. Ahora que la Biblia no lo prohíbe, sólo añade una cláusula: Acordarnos de Dios antes de que la diversión termine.
Dios no impide la idea de libertad y goce; sólo sugiere que antes de elegir un camino en estos días repletos de opciones, lo tomemos en cuenta para pedir su dirección. Si ignoramos su voz, quizás sea demasiado tarde, pues él quiere participar en nuestras decisiones antes de una resolución errónea, como una pareja desigual, una carrera sin vocación, un embarazo no deseado, o una enfermedad infecciosa.
El resultado de obedecerlo son años de contentamiento. Contentamiento es comer después de horas con hambre, una acolchonada cama al término de un día difícil, el éxito de un proyecto en el que se invirtió esfuerzo. ¿Crees que a los cincuenta, sesenta, setenta años puedas suspirar feliz al mirara atrás? Únicamente Dios puede evitar el paso en falso que acarrea desgracias, o el valor de rechazar la oferta que conducirá a la muerte. Antes de ese dictamen fundamental, del sí o el no definitivo, acuérdate del Señor para no resumir tu vida como Jacob, cuyos días fueron pocos y malos.
