Cuando el esposo de mi amiga Grace fue diagnosticado con una extraña enfermedad, todos nos preocupamos. Ella también, pero siguió su rutina con una extraña compostura que llamó la atención. ¿Cómo podía estar tranquila ante la posible pérdida de su compañero?
Su placidez me recordó una historia bíblica.
Abraham e Isaac se detuvieron al ir subiendo la montaña. Isaac tenía una pregunta.
—Papá, si se supone que vamos a ofrecer un sacrificio, ¿dónde está el animal?
Abraham respondió: —Dios se proveerá de un cordero, mi hijo.
Abraham sabía la verdad: Isaac era el sacrificio. Isaac no dijo más, sino que siguió su camino e «iban juntos».
En una paráfrasis de las Escrituras Judías, la última expresión se explica como «andar con una mente compuesta y tranquila». ¿Será que Isaac comprendió que sería el sacrificio y estuvo de acuerdo con ello? ¿Acaso confiaba tanto en su padre que olvidó el animal ausente y se enfocó en el trayecto?
Si leemos Génesis 22, descubriremos que efectivamente Dios proveyó de un animal para el sacrificio. Sin embargo, muchas veces desconocemos el final de la historia. Solo sabemos que vamos ascendiendo un monte y nos preguntamos cómo Dios nos sacará de una complicada situación. Podemos, como Isaac, ¿andar con una mente compuesta y tranquila a su lado?
Grace lo hizo. Isaac también confió en su padre terrenal. Nosotros hoy podemos confiar en nuestro Padre celestial. Andemos con mentes compuestas y tranquilas, totalmente convencidos de que nuestro Señor proveerá aquello que haga falta.
