El retroceso del peregino

Por Keila Ochoa Harris

Hubo un hombre que siempre supo que había algo más y que no había sido creado para ir cargando ese pesado bulto a cuestas. Así que salió de la Ciudad Destructora y abandonó su carga a los pies de la cruz. Allí comenzó su peregrinaje, con la firme convicción que viajaba rumbo a la Ciudad Celestial. Pasó por el Valle de la Humillación y descansó en el Palacio Hermoso. Visitó la Feria de las Vanidades y las Montañas de las Delicias. Al final, cruzó el río de la muerte y fue recibido en la Ciudad de Dios.

Tristemente, sus descendientes han errado el camino.

Algunos piensan que no existe la Ciudad Celestial y que todo termina aquí, así que viven cómodamente en la Ciudad Destructora. Y al decir cómodamente, me refiero a que cuentan con casas hermosas y vehículos de lujo. Lo triste es que van por la vida con ese pesado bulto a cuestas. Lo maquillan, lo ocultan, lo ignoran, pero la carga está allí, cada vez más pesada.

Otros han dejado su carga a los pies de la cruz, pero se han quedado en el Valle de la Superficialidad. Les da miedo continuar pues sigue el Collado de la Dificultad. ¿Una pendiente complicada? Mejor disfrutar que ya no andan con un bulto a cuestas creando hogares tranquilos y exitosos, al estilo de la Ciudad Destructora.

Unos han querido permanecer en el Palacio Hermoso, pero descubren que no es un lugar para acampar sino solo una posada en el camino. De cualquier modo, se niegan a abandonar sus asientos y viven en la periferia de lo santo, sin ser transformados, o pasean por los jardines sin realmente lograr algo.

En el Valle de la Humillación se han quedado muchos que han caído. De los que cruzan este paraje habrá quien venza al gigante y quien sea vencido, pero habrá quienes decidan edificar allí una morada para vivir el resto de sus días lamentando la derrota.

Todo peregrino pasa tarde o temprano por el Valle de Sombra de Muerte. Pero algunos pierden allí la brújula y olvidan su destino: la Ciudad Celestial, y heridos por la pérdida regresan a la Ciudad Destructora o compran una casa en algún otro sitio donde abandonan el peregrinaje.

¡Cuántos no han hecho su hogar en la Feria de las Vanidades! Deciden que ser peregrino no está de moda, y se integran al circo de vestidos, lenguaje y conducta. Muy pronto los peregrinos se confunden con los cirqueros de la Feria, y aunque la única diferencia parece radicar en que unos traen bultos a cuestas y otros no, hasta eso comienza a lucir “sospechoso”.

El Camino de la Negligencia es bien transitado. Ahí se ven principalmente peregrinos mayores de cincuenta años que viven de glorias pasadas, de oraciones de juventud y de conocimiento arcaico. Creen que ya no necesitan las disciplinas del inicio del peregrinaje, por lo que serán presa fácil de los gigantes de la tentación y la desesperación.

En la Tierra Encantada se han fundado muchas congregaciones de peregrinos. ¿Para qué seguir un sendero de dolor y trabajo? El destino final se convierte en esta tierra donde hay sermones y predicaciones, pero también descanso, un poco de sueño y un poco de tolerancia.

El Castillo de la Duda también hospeda a muchos peregrinos que han optado por no avanzar. Se sienten bien en ese lugar donde todo es un “quizá” sí haya Ciudad Celestial; “quizá” no. Donde las creencias son relativas, donde el Pastor no es más que un maestro común, donde no hay bien ni mal.

¡Cuánto hemos errado el camino! Cuánto nos hemos desviado del peregrinaje. Pues el propósito de la vida no es vivir bien, ni ser felices, ni tener una casa, una familia y un perro. El propósito no es hacer buenas obras o cosechar triunfos. La vida es un peregrinaje donde el destino final es la Ciudad Celestial, pero donde el viaje se hace significativo pues ya podemos ir caminando con el Peregrino por excelencia, el Pastor de nuestras almas, el Rey glorioso al que abrazaremos en la Ciudad Celestial, pero que hoy con humildes ropas de campesino avanza a nuestro lado.

Su presencia nos da gozo. Sus consejos nos guían por el camino correcto. Su mano nos conforta en el dolor. Sus pies nos muestran el camino. Sus ojos nos siguen a todas partes. Su conversación hace ligero el camino. Y al ir con él, todo lo demás adquiere perspectiva. Pues entonces vivimos bien, somos felices, vamos de la mano de un cónyuge peregrino y unos peregrinitos que un día crecerán y harán su propio andar; hacemos lo bueno y cosechamos victorias.

Pero qué fácil es desviarnos del camino. ¡Tan común el hacer largas paradas en los sitios equivocados! Entre más tiempo nos quedamos estáticos más complicado resulta levantarnos y seguir, pero siempre hay una segunda oportunidad.

Si aún traemos un bulto a cuestas, vayamos al pie de la cruz y dejemos de andar doblados por el pecado. Si comenzamos el peregrinaje pero nos hemos detenido en el sitio incorrecto, sujetemos su mano que nos levanta del fango, limpiemos nuestras ropas del polvo de la negligencia y la indiferencia, y volvamos al sendero antiguo.

Ahí delante van ellos, hombres y mujeres leales que lo dieron todo; hombres y mujeres que nos precedieron. Allí veo la cabeza calva del hombre que marcó mi vida con su fidelidad, ahí va la mujer sonriente que luchó contra el cáncer siempre con la mirada en la Ciudad Celestial. Ahí van tantos que son prueba viviente de que hay un destino y un Amigo a nuestro lado.

Como escribió Bunyan: “Lo que Dios dice es mejor, lo mejor, aún cuando todos los hombres estén en contra.”

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