Ser padres es ser vulnerables

Por Keila Ochoa Harris

La vulnerabilidad no es algo que busquemos. De hecho, la consideramos una característica negativa. ¿Qué es ser vulnerable? La definición literal nos dice que es «la cualidad que tiene alguien para poder ser herido».

Sin importar nuestra religión, encontramos en María, la madre de Jesús, un ejemplo certero de la vulnerabilidad. A ella se le dice a los ocho días de nacido su hijo: «Este niño está destinado a provocar la caída de muchos en Israel, pero también será la alegría de muchos otros. Fue enviado como señal de Dios, pero muchos se le opondrán. Como resultado, saldrán a la luz los pensamientos más profundos de muchos corazones, y una espada atravesará tu propia alma» (Evangelio de Lucas, capítulo 2, versos 34 al 35, Nueva Traducción Viviente).

Una espada atraviesa el alma de cualquier padre cuando ve a su hijo en una cama de hospital, cuando el hijo se marcha cargado de rebeldía, cuando el hijo toma una mala decisión, cuando el hijo decide algo que va en contra de nuestros principios, cuando el hijo es acusado e incluso asesinado injustamente. Pero el antídoto está en el amor. El hecho de amar abre a la posibilidad del rechazo, del no ser correspondido y de correr el riesgo de ser herido. Pero el amor también es ese parche que sana las heridas, pues nunca se da por vencido, jamás pierde la fe, siempre tiene esperanzas y se mantiene firme en toda circunstancia.

La vulnerabilidad también se aplica en la sociedad. Por ejemplo, un individuo analfabeta se encuentra en una situación de vulnerabilidad ya que puede ser timado por cláusulas injustas al pedir un trabajo o se le dificulta acceder al mercado laboral. Los padres jóvenes e inexpertos somos más vulnerables que los padres que llevan más tiempo en el camino.

Los que recién comenzamos esta carrera nos sentimos en desventaja. Carecemos de aquello que hace a otros padres más resistentes. Nuevamente observemos a María, la madre de Jesús, una adolescente embarazada, temerosa de la presión social y su condición física. Acude a su prima, muchos años mayor. Ella también estaba encinta y esperaba a su primer hijo, pero su experiencia de vida le daba mayor estabilidad y aseguro que el tiempo que pasaron juntas fortaleció a María para lo que vendría después. Encontremos la salida en la esperanza. Escuchar el consejo de los padres que ya transitaron el camino por el que hoy andamos nos hará entender que «esto también pasará» y «que hay una luz al final del túnel».

En el ámbito de la tecnología también se nos habla de vulnerabilidad. Se usa para designar a todos los puntos débiles que tiene un programa determinado y que le hace víctima de un virus. Al hablar de un archivo, se apunta a la poca seguridad que permite que piratas o intrusos pongan en peligro su confidencialidad o integridad.

Todo hogar está en peligro de ser infiltrado por el alcohol, las drogas o la pornografía. Algunos hogares son más vulnerables cuando los muros del amor, la comunicación o la comprensión se han debilitado. Desconocemos muchas partes sobre la historia de María, pero todo indica que enviudó joven. Tuvo que criar a sus hijos sola, y por eso cuando Jesús muere, ella está sola frente a la cruz. ¡Qué vulnerabilidad! La espada ciertamente estaba atravesando su alma.

Pero si bien para las computadoras tenemos programas especiales llamados anti-virus que buscan proteger, reforzar y cuidar un programa de los enemigos, en la vida tenemos la fe. Quizá no le veamos mucha utilidad, pero si somos padres y hemos experimentado esa espada que traspasa el alma, sabemos que lo único que nos sostiene en la angustia es creer que hay sentido en el dolor.

Ser padres es ser vulnerables. Muchas preguntas quedarán sin respuesta durante largas temporadas, o quizá jamás conoceremos los porqués en esta vida. Pero si bien el amor nos pone en riesgo, el amor también nos sostiene en los embates de esta vida, la esperanza nos trae consuelo y la fe nos dice que hay un propósito detrás de todo sufrimiento.

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