Por Keila Ochoa Harris
Trabajan en secreto, y bajo estricta confidencialidad. No pueden revelar para quién están creando una nueva fragancia, y deben hacer cientos de pruebas hasta lograr el efecto deseado. Combinan aromas animales, florales y sintéticos. Realizan las combinaciones que después nos venden las marcas comerciales a precios elevados.
Estos perfumistas trabajan con su nariz. Como un músico, combinan las notas musicales del olfato para crear una armonía. Al ser pocos, se conocen entre sí. Reconocen que ciertas combinaciones son favorecidas por Jenny o por Susana, así que al oler una nueva fragancia pueden decir: «Ah, ésta viene de Sofía». Si bien entre ellos pueden hablar así, entre los mortales se oirá: «Ah, está usando Coco Channel».
Nada es más memorable que un aroma. El sentido del olfato es quizá el más poderoso pues nos trae recuerdos y nostalgias, nos evita peligros y nos atrae a la comida. También es el sentido mudo pues nos cuesta trabajo definirlo. ¿A qué huele una persona a la que amamos? Torpemente tratamos de usar las palabras. «Huele a talco con miel».
Por algo Dios usa una potente referencia a los aromas en 2 Corintios 2. Relata que Dios nos usa para difundir el conocimiento de Cristo por todas partes como un fragrante perfume. Como el Perfumista por excelencia, Dios ha creado el aroma más perfecto del universo que comparte con nosotros. La pregunta es, ¿reconocen esta fragancia los que nos huelen al pasar?
«Nuestras vidas son la fragancia de Cristo que sube hasta Dios». Pero al igual que un perfume, cumple dos funciones. Un perfume debe conmocionar y fascinar. Del mismo modo la fragancia de Cristo “se percibe de una manera diferente por los que se salvan y los que se pierden. Para los que se pierden, somos un espantoso olor de muerte y condenación, pero para aquellos que salvan, somos un perfume que da vida”.
Cuenta una perfumista que cierta tarde salió del trabajo rumbo a su departamento. Al ir avanzando, se dio cuenta que un hombre la seguía y comenzó a sentirse preocupada. Si aceleraba, él lo hacía también. Consciente sobre los peligros de Nueva York, pensó en cientos de posibilidades: un violador, un ladrón, un secuestrador. Finalmente, decidió detenerse y miró al vagabundo.
«¿Qué se le ofrece?» El hombre la miró avergonzado: «Es que huele muy bien. Venía siguiendo el perfume».
¿Podremos nosotros atraer del mismo modo a los vagabundos, a los desamparados, a los que buscan propósito en la vida? ¿Podremos atraerlos y llevarlos al Perfumista por excelencia?
¿A qué hueles? Vale la pena meditar en ello.
