Por Keila Ochoa Harris
El otro día me descubrí cantando mientras lavaba los trastes. Dos cosas me resultaron peculiares. En primer lugar estaba el simple hecho de cantar pues no lo hago con frecuencia. Supongo que paso más tiempo preocupándome y pensando en mis pendientes. Segundo, se trataba de un canto totalmente inventado por mí donde unía frases con una melodía «desconocida».
Seguramente estaba plagiando un poquito de muchas canciones, himnos o tonadas favoritas, pero me hizo meditar en los nuevos cantos. Me ha asombrado que muchos artistas modernos solo están haciendo covers de canciones antiguas. ¿Acaso ya no es posible hacer música original?
Entonces me topé con el dato siguiente: «Si tomamos en consideración una sola medida y una sola octava de la escala musical, incluyendo semitonos y duraciones de notas (redondas, blancas, negras), se ha calculado que el número de melodías o combinaciones posibles es de 123 más 33 ceros».
Pero esto me hace pensar en que las 28 millones de canciones que alberga iTunes aún no terminan de mostrar las muchas posibilidades que existen para que surjan nuevas canciones. Entonces me acordé del salmo 40.
«Me dio un canto nuevo para entonar, un himno de alabanza a nuestro Dios» NTV, v. 3.
¡Por supuesto que es posible que alguien como yo, sin ser un músico experto, componga un canto improvisado que alabe a Dios! ¿Por qué? Porque es Dios quien lo pone. Es Dios quien lo da. Y para él, el número 123 más 33 ceros no es sino una pequeñez. Si añadimos las posibles combinaciones con otras medidas (tres cuartos, seis octavos) y más escalas, concluimos que el Creador de la música ha hecho posible que surjan nuevos cantos durante siglos.
No se ha repetido ese momento sublime, como le llamo. Si hoy me preguntan, no me acuerdo de la tonada ni de la letra. Pero estoy procurando cantar un poquito más todos los días, aún sean las tonadas que ya conozco y compuestas por otra persona. El día menos pensado, Dios volverá a poner en mi boca un nuevo canto.
Anteriormente publicado en Prisma.
