Criar hijos santos

Quizá como padres tomemos un tiempo para imaginar el futuro de nuestros hijos.¿Serán arquitectos como su abuelo o médicos como su tío? ¿Serán buenos padres? Aún así, difícilmente comprenderemos para qué los ha llamado Dios. Seguramente no vislumbramos ni siquiera un atisbo de la vida adulta que llevarán. Lo digo al meditar en dos mujeres que a edad avanzada tuvieron un hijo. Ambas creían que morirían estériles, pero Dios les reservó una promesa, un hijo.

La esposa de Manoa y la esposa de Zacarías recibieron un mensaje especial. Darían a luz un hijo, un hombre especial con una misión. El simple hecho de que serían madres cuando ellas ya habían enterrado sus sueños de concebir resultaría en una gran fiesta. Pero aún más, Dios especificó que ambos niños deberían ser apartados desde su nacimiento para servirle. Ambos serían nazareos. No beberían vino, no cortarían su cabello, no se contaminarían con muerto.

De ese modo, ambas mujeres dieron a luz. En su vejez cambiaron pañales y arrullaron a un bebé en brazos. Luego los criaron para vivir en santidad. Santidad, en pocas palabras, significa estar separado para un propósito específico. En este caso, ambos niños crecerían bajo tres estrictas leyes que marcarían su destino.

El hijo de la esposa de Manoa fue Sansón. El hijo de Elisabet fue Juan, al que apodaron el que bautiza. Los dos vencieron a sus enemigos; los dos lucharon por su fe. Sin embargo, los dos vivieron de maneras diametralmente opuestas. Y al divagar como madre, me pregunto si la esposa de Manoa y Elisabet tuvieron cierta influencia para lo que ocurriría después.

Supongo que ninguna de estas dos mujeres soñó con que sus hijos morirían de modo violento a causa de sus enemigos. Ciertamente yo no crío a mi hijo con la esperanza de que muera como mártir, pues aún cuando reconozco que Dios está en control de la vida de mi hijo, me aferro a que él simplemente viva lo mejor que se pueda.

Sospecho, sin embargo, que una de estas mujeres supo desde el principio que la vida de su hijo no sería fácil, y dio lo mejor de sí para prepararlo. ¿A qué me refiero? Si bien la Biblia nos oculta cómo fue la infancia de estos dos hombres, en su vida adulta vemos rasgos de carácter que se formaron desde niños. Y este análisis me hace preguntarme: ¿estoy criando a un Sansón o a un Juan el Bautista?

En primer lugar, estas mujeres supieron que tenían un hijo especial. Tristemente, como no se me apareció un ángel antes de su nacimiento, ni concebí a mi hijo en la vejez, tal vez pienso que mi hijo no es especial o que no ha sido apartado desde su concepción. ¡Qué gran error! En esta época en que tenemos la Biblia a la mano y la oración como el medio más eficaz de comunicación con Dios, decir que mi hijo no crecerá con una misión es falta de fe. Si creo que mi hijo no será un futuro esclavo de Cristo, entonces no conozco al Padre, ni he comprendido el amor del Hijo, ni transito por los caminos del Espíritu Santo. Si yo he entregado a mi hijo a Dios, si el día que me supe embarazada o si el día que él nació o si el día que lo presenté en la iglesia o si hoy mismo lo pongo en manos en Dios, él ya es apartado. Y Dios puede hacer grandes cosas con él.

El problema es que – a diferencia de la esposa de Manoa y de Elisabet – quizá minimizo el poder de Dios o veo a mi hijo como un simple ser humano que no será especial. ¡Lejos esté de mí etiquetar a mi hijo al fracaso desde tan temprana edad! Debo creer y criar a este niño para ser un varón de Dios. ¡No concibo que veamos a nuestros hijos como parte del montón! Cambiemos desde hoy nuestra perspectiva. Mirémoslos como lo que son: apartados para Dios.

En segundo lugar, tanto la esposa de Manoa como Elisabet hicieron bien su trabajo. Sus niños no cortaron su cabello, ni se contaminaron con muerto ni bebieron vino. En cierto sentido, transportándolo a la vida moderna, diríamos que fueron niños criados en la iglesia: asistencia puntual, conocimiento bíblico, oración antes de los alimentos.

Pero ¿entonces por qué los dos vivieron de modo tan opuesto en su juventud? Me inclino a pensar – y quiero aclarar que esto solo hago a nivel de meditación personal – en que una de las madres no comprendió la santidad, pues la santidad no se trata de reglas o un modo de vida. La santidad es una relación con Dios.

Ninguna de estas dos mujeres vivió en una época ideal. La esposa de Manoa enfrentó una sociedad corrompida y lejana a Dios donde cada uno hacía lo que bien le parecía. Convivió con paganos y con judíos que habían olvidado a su Dios. Su comunidad no distaba de las muchas en las que hoy habitamos.

Elisabet, por su parte, vivió un momento terrible para el pueblo de Israel. Si bien la religión existía, ésta se regía por normas y costumbres hechas por el hombre. La religión no tenía nada que ver con el Dios vivo al que los patriarcas habían seguido. La oscuridad moraba en el mismo templo y en los mismos que decían servir a Dios.

Por lo tanto, ambas debieron luchar en contra de un sistema opuesto a Dios. Ambas debieron insistir para que sus hijos no imitaran a los vecinos, por lo que imagino esta conversación.

—¿Y por qué no puedo cortar mi cabello?

—Porque así lo ha dicho Dios.

—¿Y por qué no puedo tomar jugo de uva? Todos lo hacen.

—Porque eres especial.

Ambas hicieron un buen trabajo. Sus hijos cumplieron las reglas. Sin embargo, Sansón nos resulta un personaje enigmático. Dice la Escritura claramente que Dios lo usó para castigar a los enemigos de Israel. La epístola de Hebreos resalta su fe. Y aún así, al leer su historia, una cortina de tristeza me invade, porque Sansón sucumbió al placer. Se entregó a mujeres paganas, se contaminó con el cadáver de un león, participó en fiestas y banquetes. Sansón cumplió el propósito de Dios – a pesar de sí mismo – pero ¿caminó con paz en su corazón? ¿Experimentó el gozo del Señor?

Juan el Bautista, por otro lado, fue un paria de la sociedad. Era el loco del desierto. No quebró las tres órdenes establecidas para el nazareo. De hecho, la Biblia lo describe como el profeta más grande de todos los tiempos. La Biblia nos habla muy poco de él. Toma más páginas para describir a David, a Daniel, a Elías. De Juan solo leemos unos capítulos, pero si Dios lo indica, debe ser verdad. Juan fue el más grande de los profetas. El más entregado. El más consagrado. El más entero.

Entonces analizo mi corazón de madre y me quedo helada al comprender mis intenciones. En el fondo, me gustaría criar a un Sansón: un hombre fuerte, atractivo, luchador. Sansón se nos presenta como el súper héroe de todos los tiempos. Un hombre incomprendido, pero exitoso. Un hombre a quien nadie le veía la cara. Un hombre al que todos los demás temían. Un hombre pasional y apasionado. Un hombre extraordinario.

¿Entonces por qué al leer su historia me siento tan decepcionada? Porque lo que para el mundo podría ser un súper héroe, para Dios fue un hombre que no tomó en serio la santidad de Dios.

Por otro lado, muchas veces me aparto y escapo de la posibilidad de criar a un Juan el Bautista. ¿Criar a un loco? Juan era un esenio, un hombre del desierto que vivía en soledad y ayunaba, que vestía como un pordiosero y comía langostas, lo que los pobres consumían. Su apariencia física se había deteriorado por la agresión del clima del desierto. Juan no ganaría en un concurso de fama o simpatía.

¿Entonces por qué al leer su historia suspiro y lo admiro? Porque para Dios, Juan fue el mayor de los profetas. Juan fue elegido para la misión que muchos anhelaron: preparar el camino del Señor.

¿Estoy preparada para criar a un Juan el Bautista? ¿O me interesa más criar a un Sansón al que aplaudan las multitudes? Ambos morirán tarde o temprano. Ambos cumplirán con el plan del Señor, aún a pesar de sí mismos. Pero uno vivirá en santidad y el otro no.

¿Y qué puede una madre hacer al respecto? ¿No deciden ellos a cierta edad su camino? ¿No son responsables? Sí. Ellos, a final de cuentas, decidirán cómo vivir en santidad delante de Dios. Pero me pregunto si como madres podemos influir en fortalecer sus espíritus para el momento de la prueba.

Y aquí me detengo en los padres de Sansón. Vemos en la juventud de éste, a unos padres complacientes. Unos padres que consienten los caprichos de su hijo, y esto no creo que haya sido un momento de debilidad, sino tal vez una práctica diaria. Me veo a mí misma y veo a muchas madres modernas y me paralizo. ¡Estamos criando Sansones!

Los llevamos a la iglesia y les leemos la Biblia, oramos con ellos y los exhortamos con versículos bíblicos, pero alimentamos sus pasiones. Al igual que a Sansón, al primer berrinche cedemos ante sus deseos. No nos gusta verlos llorar, así que los callamos como podemos, dándoles lo que piden. ¿Qué estamos propiciando? Niños que quieren en este instante un capricho, y que nada los detendrá para obtenerlo. Hoy es un dulce, mañana es Dalila. Hoy es ganar sobre sus padres, mañana es destruir a los invitados de una fiesta.

Criamos a Sansón al ceder ante sus deseos. Al premiar su gula y su avaricia con cosas, no con lo eterno. Criamos a Sansón al tomar la santidad con ligereza. Al acariciar más su fuerza que su corazón. Criamos a Sansón al no ponerle límites. Y sí, quizá la esposa de Manoa estaba cansada, era una mujer de edad avanzada. Tal vez tenía otras responsabilidades. Resulta agotador andar tras un niño vigilando sus pasos. Siempre será más fácil ceder. Pero nunca será más beneficioso a la larga.

Criamos a Sansón al tratar de evitar las lágrimas y el dolor. Criamos a Sansón al centrar nuestra educación en lo que no debe hacer, y no en una relación con Dios. Criamos a Sansón al ser nosotras mismas un Sansón. Pues Sansón está dentro de nosotras. Nosotras también buscamos alimentar nuestro yo. Nosotras también deseamos satisfacer nuestros anhelos.

En nosotras hay un Sansón. Pues Sansón, a final de cuentas, cumplió su cometido. Sansón hizo lo que Dios estipuló y destruyó a sus enemigos filisteos. Sansón sirvió a Dios. Pero en su vida no hubo gozo ni paz, no hubo comunión constante con Dios. En Sansón vemos altos y bajos, vemos relaciones personales insatisfechas y tóxicas; encontramos a un hombre solitario y frustrado. Pues al final, Sansón quedó solo.

Juan, por el contrario, cosechó amigos y discípulos que se mantuvieron fieles hasta el final. Juan tuvo un lugar muy especial en el corazón de su primo, Jesús. Juan obtuvo los elogios del mismo Padre, y hasta hoy su ejemplo persiste. Aunque vivió solo, sufrió mucho, lloró aún más, ante los ojos de Dios, valió la pena.

¿Y cómo se cría a un Juan? No lo sé. Pero sugiero que se hace lo opuesto que hicieron los padres de Sansón. No se premia su carne; no se alimentan sus deseos. Se mata de hambre al «yo» para dar lugar a «Él». Pues solo Juan pudo haber dicho: “Es necesario que yo mengüe, pero que él crezca”.

Y la única manera de criar a un Juan, es siendo una Elisabet. Más allá de apartar a nuestros hijos por medio de reglas, está apartar el corazón de nuestros hijos para Dios. Propongo que Elisabet oró largas horas por su hijo. Propongo que Elisabet lloró muchas noches en busca de la dirección de Dios. Propongo que Elisabet muchas veces dijo “no”, por el bien de su hijo. Propongo que Elisabet habló de Dios con Juan en muchas ocasiones. Aún más, propongo que Elisabet habló con Dios de Juan en muchas ocasiones.

Quizá la esposa de Manoa decía: «Eres especial, Sansón. Serás un campeón». Quizá Elisabet decía: «Eres apartado, Juan. Sufrirás por él».

No estoy proponiendo una vida de castigo. No digo que los niños deben llorar a todas horas. Solo sugiero que en este mundo moderno nos encanta premiar a la naturaleza pecaminosa. ¿Cuándo premiamos la fidelidad con un tiempo a solas con Dios? ¿Cuánto alentamos la lectura?

Pero no podemos criar lo que no somos. Ser madres al estilo de la mujer de Manoa nos da lo mejor de dos mundos. Cumplimos con Dios, pero no nos fatigamos tanto. Ser madres como Elisabet implica morir. Morir a nuestros deseos, morir a nuestro yo. Requiere creer que nuestros hijos han sido apartados, y conlleva el luchar contra viento y marea para mantenerlos santos.

Los primeros cinco años de vida son cruciales. Así lo demuestra otra mujer que crió a un nazareo, Ana. Pero si los primeros cinco años han pasado, aún hay esperanza. Pues tenemos a un Dios de milagros; tenemos a un Dios de lo imposible. Un Sansón aún puede tornarse en un Juan el Bausita. Solo se necesita que la madre ponga a su hijo en manos de Dios y siga el camino de Elisabet.

¿Estamos criando a Sansón? ¿Alimentamos más sus placeres que su espíritu? ¿Creemos con firmeza que nuestro hijo puede llegar a ser un siervo de Dios? ¿Estamos dispuestos a hacer nuestra parte? Entonces se necesita tiempo para orar, esfuerzo para entrenar, amor para disciplinar.

Jesús se despide de Juan con estas palabras: «Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí». Y podemos orar: «No hay tropiezo en ti, Señor. No hay contradicción. Toma a este hijo mío para tu obra. Hazme el padre o la madre que él necesita. No hay tropiezo en ti…»

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