Querida Keila:
Un año más. ¿Lo puedes creer? Ya estamos viejas, o podríamos decir que estamos en la flor de la juventud. ¿Tú cómo te sientes? Porque yo me encuentro bien. Ahora conocemos nuestro cuerpo y nuestras limitantes, aunque continuamos dándonos de topes en la pared cada vez que nos sobrepasamos o abusamos de nuestras fuerzas.
Cuando miro hacia atrás, recuerdo los juegos de la infancia, los sueños de la adolescencia, los desafíos de la juventud, las heridas de los treintas, los cambios de los cuarentas y solo puedo decir: «Hasta aquí nos ha ayudado el Señor».
Hemos pasado muchas tormentas emocionales: la pérdida de seres queridos, el túnel oscuro de la depresión, las noches en vela de una soltería prolongada, los valles oscuros de la inseguridad y la violencia en la ciudad que amábamos, las aventuras en una tierra desconocida y el regreso imprevisto y doloroso.
Pero Dios ha sido bueno. Muy bueno. Nos ha concedido los deseos de nuestro corazón. Tantos, que resulta imposible enumerarlos. Quizá el más importante lo conocemos bien: una salvación perfecta, grande e insuperable.
Y la cereza del pastel ha sido una familia. Un esposo paciente que ama a Dios y con el que compartimos la vida, y con quien soñamos, disfrutamos y gozamos. Dos hijos preciosos, maravillosos y asombrosos, que día con día conocemos un poquito más.
Un año más. Un año menos. Pero aún anhelamos aquel día en que le veremos a Él. En ocasiones se nos olvida ese gran encuentro, pero cuando lo tenemos presente todo adquiere perspectiva. ¿Te imaginas cómo será? Lo defino como el momento cumbre de nuestra existencia, el instante trascendental que dará sentido a cada minuto sobre esta tierra. Verlo a Él y postrarnos… tocarlo… admirarlo…
Un año más. Un año menos. Depende cómo lo veamos. Lo importante es que en cada momento ha estado Él y, cuando la vida aquí se acabe, Él seguirá estando ahí.
Atentamente,
Yo
