Morir de amor

Por Keila Ochoa Harris

—Lo amo —suspiró Lorena.  ¡Qué bien se sentía platicar con su mejor amigo!  Su cálida expresión la alentó a continuar—. Nunca había sentido algo así, como una llama de fuego que arde en mi corazón. Todo empezó hace seis meses. Esperaba con ansias recibir un mensaje suyo o una llamada telefónica.  Las horas se volvían eternas frente a la computadora rogando por tres o cuatro líneas, pues una cita era improbable.  Pero es porque tiene mucho que hacer —lo disculpó—. Para él es muy importante su carrera y sus sueños de recibir ese diploma que le dará la beca a Francia.

Sorbió su café.  No se sorprendió del silencio de su amigo, pues era normal.  Ya se había acostumbrado a que las pocas palabras que él decía eran concisas, directas y acertadas.

—Aún recuerdo su primera carta, tan vaga y sin detalles.  Típica de un hombre ocupado y poco romántico.  Creo que llegó a mencionar a su familia, uno o dos amigos, pero realmente habló de sí mismo.  La segunda carta no cambió de tono. ¿Sabes? Yo esperaba una referencia a mis mails, pero no encontré nada. 

Unos segundos y recuperó el aire.

—Una palabra de cariño me hubiese elevado a la gloria, una frase correspondida me hubiera bastado.  Pero sólo habló de él.  Decidí darle tiempo; después de todo, supuse que él aún no se enamoraba de mí como yo de él.  Tres, cuatro, cinco cartas; ya no me asombran sus monólogos egoístas. Sin embargo, yo le he sido fiel a mis sentimientos. En cada carta derramo mi amor, no con la abundancia que quiero, pero sí mostrándole que es especial y único.

Se acurrucó en el sofá y contempló a su amigo quien le daba vueltas a su té.  ¿Cuándo inició su amistad?  ¿Cinco, seis años?  Se conocieron en la prepa y nadie la comprendía como él.

—Al principio sólo pedí amistad, pero ni siquiera eso me supo dar.  A veces, cuando nuestras miradas se cruzaban y yo me sonrojaba, él sonreía.  Sus señales eran tan confusas que nunca adivinaba si yo le interesaba o estaba siendo cortés.  Por fin salimos.  Sentados en la sala del concierto, con nuestros codos casi rozándose, me hallé sola pues él estaba muy lejos de allí.  ¿Para qué fue si no le intereso?  ¿Me estaba haciendo un favor? A veces platicaba con otras muchachas. ¡Frente a mí!  ¿Qué fascinación le provoca dañarme?  Si sabe que muero de amor por él, ¿por qué me lastima de esa manera?

Su amigo meneó la cabeza cuando ella se mordió las uñas.

—Sí, un viejo hábito. Lo más curioso es que hace una semana me habló por teléfono.  ¡No sabes lo feliz que me puse! ¡Era él! Platicamos por una hora, más bien, él habló durante cincuenta minutos.  Nunca creí que estuviera tan solo.  ¿Y sabes cuál fue el tema? Él. Pero me sentí satisfecha. Era un comienzo, ¿no crees? Por lo menos al desahogarse me brindó su confianza.  Yo quería ofrecerle un consejo, por lo menos mi apoyo. Tenía tantas ganas de reiterarle mi amor, que estaba dispuesta a todo por él, mas no me dio oportunidad; cada vez que intentaba decirle algo, se acordaba de alguna anécdota.  ¿Qué debo hacer?  ¿Ignorarlo? ¿Declararle mi amor? ¿Seguir con esta incertidumbre de dolorosa espera?

Sus defensas se derrumbaron y se echó a llorar como una niña.

—Lo amo. . . —sollozaba—. Lo quiero tanto que me apuñala su indiferencia.  Hace dos días que no sé nada de él.  ¿Me habrá olvidado? ¿No sabrá cuánto sufro por él?  ¡Ya no puedo más!  Le he enviado cartas que ni siquiera hojea. ¿Qué le cuesta un “hola”?

Lorena se limpió la cara.

—¿Por qué me pasa esto a mí? Estaba mejor cuando no lo amaba. Aunque, por otro lado, me emociona amar.  Es dulce entregar cariño.  ¿Ves? Yo misma me contradigo. ¿Me ama o no me ama? ¿Algún día me corresponderá? ¿Es mucho pedir una carta o algo así?

Buscó la mirada de su amigo.  Se hundió en esos ojos tiernos, sufridos, sabios. 
Entonces sus labios temblaron, sus ojos se abrieron de par en par y sudó frío.

—¡Oh, no! ¡Eso es lo mismo que tú sientes por mí! —exclamó en un agonizante murmullo—. Tú me amas del mismo modo, ¿cierto?

Él asintió.

—Tú. . . es decir, hay semanas enteras en que no te busco, ni te hablo. Esta es una cucharada de mi propio chocolate.  Perdón, perdón. . .

Su amigo la abrazó fuertemente.  Lorena se estremeció con remordimiento. 

—Perdón. . . —volvió a decir. Pero la mano horadada de su amigo, la tranquilizó con un suave golpe en la espalda. 

—Ahora entiendes lo que es morir de amor —él le susurró al oído.

Leave a comment