La historia de un burro

Por Keila Ochoa Harris

Los burros somos famosos por muchas cosas, entre ellas por falta de inteligencia, lo cual es una mentira, y por nuestra participación en eventos importantes. Si no me crees lo segundo, basta que abras tu Biblia y encuentres algunas de nuestras historias. Un pariente mío fue la montura de Cristo en la entrada triunfal a Jerusalén. ¡Hasta nos mencionan en villancicos navideños!

Mi historia no es espectacular, pero creo que debo compartirla. Era 24 de diciembre. Ya habían pasado muchos años desde que el Señor Jesucristo había nacido en aquel portal de Belén, donde otros de mis antepasados se congregaron para recibirlo. Los automóviles habían sustituido a las monturas, así que no éramos muy solicitados.

Sin embargo, extrañamente, me encontraba en una ciudad. Mi dueño, don Emiliano, me había traído para cargar trozos de madera que según él vendería en las casas de los ricachones que encendían sus chimeneas para presumir, no por frío, ya que en nuestro país no caía la nieve como en otros.

Como no me ofreció alternativa, anduvimos sobre el concreto, lo que lastimó mis pies. Pero el dolor no impidió que me deleitara en las novedades de aquella gran metrópoli que jamás había visitado. Me mareaban un poco los cientos de luces que despedía el alumbrado público, los carteles de promoción, las series en muchos árboles navideños, y en cada cuarto de las casas.

También me sorprendió el espantoso tráfico. Los autos no se movían, y algunos conductores me miraban con cierta añoranza, quizá envidia, pues yo transitaba por la acera a un paso más veloz. Los que no me veían con buenos ojos eran los transeúntes, pues, según le gritaron a don Emiliano, no dejaba libre el paso. ¿Y a quién se le ocurría andar con un burro en media avenida?

Por fin llegamos a la colonia que don Emiliano había seleccionado para ofrecer su mercancía. Tocaba los timbres casa por casa, solo para recibir insultos, azotes de puertas y respuestas malhumoradas. Por lo visto, no muchos tenían chimeneas, o no planeaban encenderlas esa Navidad.

Yo me entristecí pues sabía que si don Emiliano no juntaba unos cuantos pesos, no habría cena para su familia. Doña Jimena esperaba un billete para comprar un pollo, y los cinco niños deseaban regalos de un tal Santa Claus. Me parece que ningún burro estuvo presente en esa historia.

El caso es que comenzó a anochecerse. Don Emiliano vendió unas cuantas tablas, lo que según él sería suficiente para un poco de fruta extra que doña Jimena prepararía en un rico ponche. Dispuestos a volver al pueblo, avanzábamos por una solitaria calle cuando un auto negro se detuvo después de un ruido estremecedor.

Don Emiliano y yo nos paramos en seco. Un hombre de traje se bajó y abrió el cofre del vehículo. Una bocanada de humo salió del motor. El hombre dijo unas palabras en voz baja, luego se arrancó un poco de cabello en su desesperación.

—¿Por qué a mí? Primero se me hizo tarde por tanto tráfico y ahora esto. No llegaré a tiempo para la fiesta.

Sacó su celular y marcó un número. Pidió una grúa, se peleó con un “incompetente” y exigió que su seguro lo sacara del apuro. Pobre Seguro, me dije. Según el hombre debía pagarle todas las composturas.

El hombre cerró el cofre, sacó un cigarro y empezó a fumar. Don Emiliano, quizá aburrido de la escena, tiró de mi rienda. El hombre no le hizo caso. Habíamos recorrido casi veinte metros, cuando el hombre nos alcanzó jadeando.

—Oiga, ¡deténgase!

Don Emiliano lo hizo.

—A usted no le importa, pero el caso es que me acaban de llamar los del seguro y tardarán más de una hora por el tráfico. ¡No puedo llegar tarde! Soy el anfitrión de la reunión, ¿sabe? Es una cena exclusiva, puros diplomáticos y gente importante.

Hasta ese momento capté que tenía acento extranjero.

—Si pasara un taxi, obviamente lo tomaría, pero mire, la casa queda a unas cuadras de aquí, y bueno, si camino me fatigo.

Estaba un poco pasado de peso.

—Además… bueno… ¡cómo detesto este país! En fin… ¿me presta su burro?

Don Emiliano y yo abrimos los ojos de par en par. ¿Había perdido la razón?

—¿Y yo cómo le hago? —preguntó mi amo con el ceño fruncido.

—Obviamente nos acompaña. No es tan lejos, hombre.

¡Pues que caminara!, me dije yo. Luego recordé a mis amables antepasados que a pesar de las burlas y los maltrataos habían ayudado al ser humano en diversas ocasiones. No le fallaría a mi raza.

Don Emiliano, quizá en espera de una compensación económica, aceptó. El hombre, realmente pesado, se trepó sobre mí. Nos mostró el camino y los tres recorrimos la primera calle empedrada bajo la oscuridad de la noche.

—Espero no me vea nadie —rio el hombre sacando otro cigarro—. ¡Somos una visión deprimente!

Yo más bien le llamaría cómica. ¡Qué vergüenza! En lugar de cargar sobre mí a la dulce María, traía a ese bobalicón. En vez de dirigirnos a Belén, íbamos a una casona de ricos que seguramente no amaban a Dios. Y para colmo, ¡no se veía ni una estrella debido a la contaminación, ni se escuchaban cantos angelicales, sino bocinas en la lejanía!

—De todos modos, yo no sé ni para qué celebramos la Navidad. Es una excusa más para crear problemas —refunfuñaba el hombre aquel.

Adiviné que no tenía una familia feliz, ni disfrutaba la vida.

Por fin llegamos. El hombre nos obligó a dejarlo unos metros antes de la puerta. Se sacudió el pantalón, se acomodó la corbata y se marchó. Don Emiliano y yo palidecimos. ¡Qué ingratitud!

Sacó una llave, pero a punto de insertarla, pareció recordarnos.

—¡Ah! Gracias. Feliz Navidad.

Se metió a la casa y no supimos más de él. Por un momento lo detesté. Él comería pavo relleno, bebería sidra importada y abriría costosos regalos. Don Emiliano, ya de por sí retrasado, se conformaría con un pollo, ponche y un nuevo reloj. Yo mismo había visto cuando doña Jimena lo había comprado con el dinero de sus lavadas de ropa ajena.

Sin embargo, esa noche, recostado sobre mi paja, escuchando en la distancia las risas de la familia de don Emiliano, sentí paz. Don Emiliano y los suyos no eran más felices por ser pobres, sino porque le habían abierto la puerta a Jesús meses atrás. El portugués no era más feliz por ser rico. Sin Jesús, solo se volvía más tacaño, más avaro, y finalmente, más desdichado.

Entonces recordé una historia más. La de un hombre más duro y recio que también había montado un burro. El profeta Balaam había optado por las riquezas a la integridad.

Yo solo sé una cosa, a pesar de ser un burro. La verdadera felicidad proviene de estar contentos con lo que el Creador nos ha dado, sirviéndole de acuerdo a nuestras posibilidades, y reconociendo que Jesús es el Rey, no solo en Navidad, sino todos los días. Los burros seremos poca cosa o animales de segunda clase, pero ¿por qué será que siempre estamos en los eventos importantes?

Quizá te preguntes cuál fue mi evento importante esa noche. Olvidé mencionarlo. Cuando el hombre entró a la casona, don Emiliano y yo nos dimos la media vuelta. Entonces lo vimos. No sé cómo describirlo. Era un niño de unos cinco años que se bajó del auto con sus padres.

Al verme, sus ojitos se llenaron de emoción.

—¡Un burro! ¡Papi, un burro! ¿Puedo montarlo?

Su padre le rogó a don Emiliano le hiciera el gran favor de prestarme. A pesar de también contar con un acento extranjero y ropa de lujo, conmovió a mi amo. El padre montó a su hijo en mi espalda. El niño gritó de alegría.

—Verá —le explicaba la madre a don Emiliano—, Edson siempre ha querido montar un burro. Es su animal preferido en el nacimiento, y no sé porqué le gustan tanto.

—Esta es mi mejor Navidad —dijo el niño.

Yo me contuve las ganas de llorar. ¡Lo había hecho feliz por ser un burro!

—Dios le bendiga, buen hombre —le dijo el padre a don Emiliano dándole un abrazo y depositando en su bolsillo un obsequio, un billete de muchos ceros.

Los ojos de los hombres se cruzaron y comprendí una cosa. Ambos sabían el significado de la Navidad. Y así, don Emiliano tuvo una rica cena, yo un poco más de alfalfa, y Edson recibió un extraño, pero preciado regalo. ¿Quién lo fuera a imaginar?

Leave a comment